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sábado, 11 de mayo de 2019

Ni el tiempo nos cura.

No me importa.

No me importa.

No el tiempo ni la distancia.

No, no me importa ni preocupa.

Mi alma vacía se llena de ti cuando te recuerdo.

Se llena espontánea y fugazmente de tu olor, de tus manos de terciopelo, de tu vida rocosa, pero amable y tranquila y dulce.

¿Fué feliz?, me pregunto mi eco. Indudable y rápida respuesta. Fué frío aliento de dolor e impotencia.

Allí nunca habtitó flor en fértil tierra. Allí el olor suave de amor y comprensión serena, nunca germinó.

Allí, sólo hubo obediencia, silencio y remordimientos de libertad perdida.

Cuando se nos iba a la eternidad, en esos fríos días de marzo, se atrevió a gritar y romper ataduras invisibles, se atrevió a maldecir, a llorar y arrojar semillas sin germinar. Se atrevió a maldecir al jardín, al huérfano y bonito jardín.

Hoy sin jardín, el jardinero se lamenta. Llora el tiempo, las semillas rotas y vacías.

Hoy el dolor y las malas hierva han florecido.

Hoy, estamos muertos y vivos. Hoy eres nuestra alma y recuerdo.

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