¿Recuerdas cuando me reincorporé en septiembre que te dije que el verano había volado a pesar de mi caída? Pues, octubre, me sobrevoló sin ser visto. Aunque peor fue noviembre, no solo voló, sino que fue un espejismo, porque yo no lo sentí pasar. Fíjate, ya estamos a uno. Qué locura tía, yo creo que cada mes se me pasa más rápido que el anterior. Mi madre decía “agarra el tiempo y vívelo, que se va volando”. Y oye, si yo tuviera cuerda, los amarraba a mí con un nudo bien apretado. Ahora sí, hay cosas que no se me pasan, por mucho que vuelen. Y las hago mías por mucho que me rechacen. Hay dios, que los buenos momentos se hacen eternos en los corazones limpios y en las mentes alegres. Yo, esos momentos, me los bebo y repito, como las cervezas con mis amigos. Y no contento con eso, yo los siembro para el futuro, aunque este no exista, pero a mí me da luz. Y hoy no estoy, ni voy a estar como cada viernes, aunque suponga que me pierdo un momento de los que tengo amarrado en mi alma. Pero, no pasa nada, tía, lo viviré otro día, otro hoy y no otro mañana, que eso, te lo he dicho antes, que no existe mañana. Así, que disfruta el “hoy”, y amárralo, que no se te vaya volando…
LXI Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará? Cuando la trémula mano tienda próximo a expirar, buscando una mano amiga, ¿quién la estrechará? Cuando la muerte vidríe de mis ojos el cristal, mis párpados aún abiertos, ¿quién los cerrará? Cuando la campana suene (si suena en mi funeral), una oración al oírla, ¿quién murmurará? Cuando mis pálidos restos oprima la tierra ya, sobre la olvidada fosa ¿quién vendrá a llorar? ¿Quién, en fin, al otro día, cuando el sol vuelva a brillar, de que pasé por el mundo, quién se acordará?