J Gallego-John Galls. Relatos cortos y poesías.

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Hoy

  ¿Recuerdas cuando me reincorporé en septiembre que te dije que el verano había volado a pesar de mi caída? Pues, octubre, me sobrevoló sin...

sábado, 24 de febrero de 2024

Hoy

 ¿Recuerdas cuando me reincorporé en septiembre que te dije que el verano había volado a pesar de mi caída? Pues, octubre, me sobrevoló sin ser visto. Aunque peor fue noviembre, no solo voló, sino que fue un espejismo, porque yo no lo sentí pasar. Fíjate, ya estamos a uno. Qué locura tía, yo creo que cada mes se me pasa más rápido que el anterior. Mi madre decía “agarra el tiempo y vívelo, que se va volando”. Y oye, si yo tuviera cuerda, los amarraba a mí con un nudo bien apretado. Ahora sí, hay cosas que no se me pasan, por mucho que vuelen. Y las hago mías por mucho que me rechacen. Hay dios, que los buenos momentos se hacen eternos en los corazones limpios y en las mentes alegres. Yo, esos momentos, me los bebo y repito, como las cervezas con mis amigos. Y no contento con eso, yo los siembro para el futuro, aunque este no exista, pero a mí me da luz. Y hoy no estoy, ni voy a estar como cada viernes, aunque suponga que me pierdo un momento de los que tengo amarrado en mi alma. Pero, no pasa nada, tía, lo viviré otro día, otro hoy y no otro mañana, que eso, te lo he dicho antes, que no existe mañana. Así, que disfruta el “hoy”, y amárralo, que no se te vaya volando…



El bosque de Haiku

Y tú.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

No te quejes, todo puede ser peor

 No te quejes, todo puede ser peor


Desde que nos casamos vivimos en el quinto piso de un edificio viejo. Las tardes de los domingos se habían convertido en una sucesión de momentos bañados por la lentitud. Era el día en que Juan solía visitar a su madre. Lo hacía con más frecuencia que a mí en mi habitación. La soledad, el atardecer, y el ruido parsimonioso de los coches hacían que la ciudad tuviera tonos de color sepia, con mi taza de té verde veía pasar la tarde. 

Un domingo, mientras estaba sola, la puerta del buzón rechinó. Normalmente, ni el correo ni los repartidores llegan los domingos. Lo abrí y había una carta sin remitente. Dentro había una hoja de papel amarillenta en la que ponía: “No te quejes, que todo puede ser peor”. Estaba escrita con Time New Roma. Me quedé con la hoja en mis manos. Volví al sofá y seguí visualizando la avenida, los coches y los transeúntes, todos empezaban a desaparecer. El sol comenzaba a esconderse y la ciudad cada vez más callada, las sombras de los edificios jugaban al escondite. Seguí leyendo el dominical de El País: “La voz es el nuevo punto G: por qué el sonido es el secreto mejor guardado del sexo”. Mi presión arterial y mi temperatura corporal estaban altas con la lectura del artículo. Antes de la cena llegó Juan. 

—Mira lo que han dejado en el buzón esta tarde —le enseñé la carta y la leyó. —Vaya tontería. La gente está loca —dijo sin más, mientras miraba el móvil. Habrá sido una broma. Eso decía mi abuela cuando nos quejábamos.

—¿Una broma? ¿Quién gasta el tiempo en esas bromas? —mientras me mordisqueaba el labio y me tocaba pelirrojos tirabuzones. 

Miré de nuevo la carta. Me quedé quieta y callada. La guardé en el cajón del mueble de la televisión. Cenamos algo rápido. Siguió atento al móvil. Solo coincidimos a la hora de la cena y para ver la tele. Puso las noticias que repetían una y otra vez: “Trump ha compartido en sus redes sociales la imagen de la ficha policial que se hace a todos los detenidos que entran en la cárcel de Atlanta. Quedó en libertad bajo fianza tras abonar los 200.000 dólares impuestos por la fiscal Fani Willis”.

—Qué pesados son —comentó Juan.

—Mañana tengo médico —referí.

—¿Te preocupa la carta o el médico? —preguntó mientras seguía con el móvil. 

—La carta y el médico —contesté. 


Me fui a mi habitación. No dormíamos juntos desde la última riña —tres meses atrás—. Fue entonces cuando dejé las pastillas. Con el móvil, me puse a ver pisos en alquiler. Con mi nuevo ascenso me lo podía permitir. Al día siguiente tenía cita médica. Tardé en quedarme dormida. 


Mientras esperaba mi turno, jugueteaba con el borde de su blusa, releí viejas revistas de moda que probablemente habían visto más dedos que una máquina registradora. La sala de espera olía a muebles viejos. El sofá estaba desgastado y las ventanas de madera deterioradas.

—Cursi, como la gitana de encima de la tele de mi abuela —me susurró mi amiga María.

—La consulta, del doctor Marín, debe tener su edad, casi a punto de jubilarse —contesté.


Mi pierna derecha hacía ruido con su movimiento incesante, mis manos temblaban. Me dolía la cabeza. La enfermera me llamó con media hora de retraso. Pasamos a la consulta. El doctor Marín, un hombre alto, canoso, con las manos grandes y rostro inexpresivo. En la pared, detrás de su sillón, colgaban muchos títulos ilegibles por la distancia. Nos indicó que nos sentáramos. No decía nada mientras miraba la pantalla del ordenador. El reloj de pared seguía con el tic-tac monótono. Mis latidos iban más rápido. Al rato dijo:

—Tenemos el informe de la mamografía y de la ecografía. Tiene usted un fibroadenoma.

—¿Fibroadenoma? —repetí inmediatamente.

—Si —contestó. Generalmente, no son motivo de preocupación. El origen del fibroadenoma es el propio tejido mamario. Basta con vigilarlo. Puede estar tranquila.


Seguía teniendo palpitaciones y las manos sudorosas. María me cogió la mano y me la apretó tanto que me señalo su anillo —siempre hace lo que me acompaña a los médicos.

—La revisaré dentro de seis meses. Si nota algún cambio, se viene por la consulta.

—Gracias —dije con un hilo de voz. Sonreí.


Al despedirme de María quedamos para vernos el jueves. Volví al trabajo con la resaca de la visita médica, con dolor de cabeza y sin ganas de comer. Apenas llegué me llamó mi jefa: “tenemos que hacer el informe. Es urgente”. Era mi primer informe en el nuevo puesto. Iván me preguntó cómo me había ido en el médico. Estuvimos un buen rato hablando. 


    —¿Ves?, las preocupaciones no son buenas. Te hacen sufrir gratuitamente. Entiendo tu temor constante de tener una enfermedad, a mí me pasaba.

    —Atento como siempre, sensible y amable. Gracias, Iván. 


Yo tenía que hacer el informe. Él seguía con su retahíla: “no te preocupes, aquí me tienes para lo que necesites”. Me miró fijamente a los ojos y después a mis manos. Sonreí. Yo tenía los puños encima de la mesa. Le mantuve fija la mirada y me toqué el pelo con suavidad. 


Quedé con María en su bar favorito, donde ponen café de Brasil —”El rincón de la viuda” se llama—. Le mostré la carta y le comenté, que Juan y yo, hacía tiempo que no nos acostamos. Tras un breve silencio —miró al techo— y dijo: “La carta es de una amante de tu marido. Estoy segura”.  Tomé un sorbo de café antes de decir nada:

—Es absurdo. ¿Qué iba a conseguir?. No sé si tendrá amante. Pero a mí no se acerca y ultímate come muchas veces fuera. Somos como compañeros de piso —dije.

—¿Y qué coño pretende, quién sea, con eso? —dijo haciendo una bolita con papel de servilleta.

—Yo lo relacioné con lo del bultito en el pecho.

—Venga ya, no seas paranoica. ¿Qué tiene que ver?, ya te dijo el médico que estás buenísima —soltó una carcajada.


Hubo un largo silencio perturbado solo por el jaleo de la máquina del café. La conversación se reanudó cuando María me dijo:

—Y con Iván, ¿cómo va todo? —mientras se repasaba la pintura de los labios mirándose en un pequeño espejo.

—Dice que tiene miedo. Quiere estar con sus hijos —apreté los dientes y me contuve las lágrimas. Juan es con quien tengo un fuerte compromiso. Y es él quien me trata con indiferencia y frialdad. 

—¿Lo quieres? —preguntó mientras encogía los hombros y hacía un gesto con las palmas de las manos hacia arriba.

—Estoy agobiada con el trabajo. Tengo que entregar mañana el informe.

—Deberías hablar con Juan —sentenció.


Al llegar a casa vi que el buzón había algo. Lo abrí y de nuevo una carta sin remitente del mismo estilo. Corte con las manos el filo y dentro el mismo papel amarillento: “Te lo dije, no te quejes. Todo puede ser peor”. Tarde en encontrar las llaves en mi bolso. Entré en casa y me tomé una tila y diez gotas de las flores de Bach. Su móvil estaba sobre la mesita de la cocina. Se abrieron varias pantallas emergentes. Una de ellas de WhatsApp. Le llegaron varios mensajes que no pude leer. Tenemos código de bloqueo de pantalla.

—Juan, tenemos que hablar —dije con lágrimas en los ojos—. El aliento le olía a cerveza. 

—¿Qué pasa? ¿No te ha ido bien en tu trabajo o con tu amiga, la zorra esa?

—Ella, al menos, me escucha y me acompaña, mientras tú estás por ahí, no sé dónde —le reproché. 

Me sequé las lágrimas con la manga del pijama.

—Mira lo que ha llegado —dije mostrándole el papel con mi mano temblorosa… 

—Otra vez la misma tontería, lo mismo decía mi abuela —dijo mientras leía los mensajes—. No me jodas. Lo mismo es verdad, deja de quejarte, valora lo que tienes. —Pegó un portazo y se fue al baño. 

Ese día Juan se acostó sin cenar. Tomé una ensalada, mi Orfidal y me quedé viendo la tele y entre mis manos seguía la carta. Envié un mensaje a Iván: “gracias por todo”. Me quedé dormida. 

Pasaron los días y la tensión seguía cada vez que nuestras miradas se encontraban. Las reglas del juego habían sido reescritas.  Ninguno de los dos admitía hablar. No me preguntaba por mis otras visitas médicas ni me dijo nada de la segunda carta. Seguíamos vagando cada uno, por un lado. Nos aferramos a nuestras rutinas. Él seguía llegando tarde, si es que venía. Yo continuaba jugando con Iván y él continuó con miedo y rechazando. Aun así, me seguían subiendo las pulsaciones cada vez que hablábamos. María me acompañaba a mis visitas médicas. 

El día de la firma del divorcio marcó el fin de una etapa. Nos miramos una última vez. El notario nos dijo: “suerte”. Era la segunda vez que hablábamos en mucho tiempo. 

—No nos quedaba otra opción —dijo sin parpadear.

—La felicidad no existe —contesté.

—”No te quejes, todo puede ser peor” —susurró en el preciso momento en que nos llamaron para entrar en la sala de notaria—. 

Cuando su abogado me comunicó la petición de divorcio de Juan, sí que hablamos. Aunque estaba todo dicho con nuestra convivencia. Llamé a mi amiga y nos emborrachamos. Acabé acostándome con Iván.

Me quedé viviendo en lo que fue nuestro hogar. Mis rutinas cambiaron. Una mañana muy temprano, Clara, mi vecina del quinto B, una viuda con setenta años, me dijo:

—No pudo ser. ¿Verdad? —dijo con voz serena y haciendo un gesto con la mano temblorosa. Después de la lluvia siempre sale el sol.

—¿Cómo? —le pregunté—, ¿A qué se refiere usted?.

—Llevo años escuchando y viendo vuestra vida —dijo. Y continuó—: Joven, a veces, necesitamos un recordatorio de que, no importa cuán malas sean las cosas, siempre hay esperanza. La vida es bella, a pesar de ser, en ocasiones muy miserable. 

—Es cruel —musité.

—Esas cartas no eran una burla, eran una invitación a ver la vida desde otra perspectiva —respondió—. Mi marido me fue infiel. Soporté la humillación y después del calvario enviudé con apenas treinta años. Mis tres hijos hace años que no me visitan. Y a pesar de todo, procuro sonreír cada mañana. No te quejes, todo puede ser peor.


miércoles, 30 de agosto de 2023

SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver

 SI ME NECESITAS, LLÁMAME

Por Raymond Carver

De su libro de relatos póstumos: Si me necesitas, llámame.



Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por nuestro lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, Washington, donde trabajaría todo el verano con idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación, aparqué el coche y fuimos a sentarnos dentro hasta que anunciaron su autobús. Su madre ya se había despedido de él, prodigándole besos y abrazos y dándole una larga carta que debía entregar a su abuela cuando llegara. Nancy se había quedado en casa, haciendo los últimos preparativos de la mudanza y esperando a la pareja de inquilinos. Le saqué el billete, se lo di y nos sentamos a esperar en un banco de la estación. De camino habíamos charlado un poco sobre la situación.

    —¿Os vais a divorciar mamá y tú? —preguntó.

    Era sábado por la mañana y no había mucho tráfico.

    —Si podemos evitarlo, no —contesté—. No queremos. Por eso nos marchamos, a pasar el verano sin ver a nadie. Por eso hemos alquilado nuestra casa durante el verano y por eso hemos alquilado otra en Eureka. Y por eso te vas tú también, supongo. Por no hablar de que volverás a casa con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos durante el verano y ver si arreglamos las cosas.

    —¿Sigues queriendo a mamá? Ella me ha dicho que te quiere.

    —Pues claro que la quiero. A estas alturas deberías saberlo. Sólo que hemos tenido un montón de problemas y muchas responsabilidades, como todo el mundo, y ahora necesitamos tiempo para estar solos y encontrar una solución. Pero no te preocupes por nosotros. Tú ve a casa de la abuela, pasa un buen verano, trabaja mucho y ahorra dinero. Y como también estás de vacaciones, vete a pescar siempre que puedas. Hay buena pesca por ahí.

    —Y también se puede hacer esquí acuático. Quiero aprender.

    —Eso nunca lo he hecho. Procura hacer un poco por mí también, ¿quieres? —Estábamos sentados en la estación de autobuses. Él hojeaba su anuario del instituto, yo tenía un periódico sobre las rodillas. Entonces anunciaron su autobús y nos levantamos. Lo abracé y le dije:— No te preocupes, ¿eh? ¿Dónde tienes el billete?

    Se dio unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta y cogió la maleta. Le acompañé hasta la cola que se estaba formando en la terminal, luego lo abracé otra vez, le di un beso en la mejilla y me despedí.

    —Adiós, papá —me contestó, dándose media vuelta para que no le viera las lágrimas.

    Al volver a casa me encontré con nuestras cajas y maletas en el cuarto de estar. Nancy estaba en la cocina, tomando café con la joven pareja que nos había alquilado la casa durante el verano. Los había encontrado ella. Se llamaban Jerry y Liz, y estaban preparando la licenciatura en matemáticas. Yo los había conocido sólo unos días antes, pero volvimos a estrecharnos la mano. Nancy me sirvió una taza de café y me senté a la mesa mientras ella acababa de darles las instrucciones, diciéndoles lo que debían hacer a principio y a fin de mes, dónde debían enviarnos el correo y cosas por el estilo. Nancy tenía una expresión tensa. El sol se filtraba por los visillos y caía sobre la mesa, señal de que la mañana estaba bien avanzada.

    Finalmente, como todo parecía estar en orden, dejé a los tres en la cocina y empecé a cargar el coche. La casa que habíamos alquilado estaba amueblada y tenía de todo, hasta platos y cacharros de cocina, así que no necesitábamos llevarnos mucho, solo lo estrictamente necesario.

    Tres semanas antes había ido a Eureka, a quinientos kilómetros al norte de Palo Alto, para alquilar una casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con quien había estado saliendo. Pasamos tres días en un motel de las afueras de la ciudad mientras yo miraba el periódico y visitaba agencias inmobiliarias. Ella me vio extender el cheque por tres meses de alquiler. Después, en el motel, tumbada en la cama, con una mano puesta en la frente, me dijo:

    —Qué envidia me da tu mujer. Cómo envidio a Nancy. La gente siempre dice que "la otra" no cuenta, que la titular es quien ostenta los privilegios y el verdadero poder, pero yo nunca había comprendido esas cosas, ni siquiera me habían interesado. Ahora sí. Cómo la envidio. Me da rabia la vida que va a llevar contigo este verano en esa casa. Ojalá fuese yo. Ojalá fuésemos nosotros dos. ¡Cómo siento que no seamos nosotros! ¡Qué horrible es todo esto!

    Le acaricié el pelo.

Nancy era alta, de piernas largas, con cabello y ojos castaños y un espíritu generoso. Pero últimamente nos habíamos quedado un poco cortos de generosidad y de espíritu. Salía con un colega mío, divorciado, de cabello gris, siempre muy pulcro, con traje, chaleco y corbata, que bebía demasiado y a quien, según me dijeron unos alumnos, a veces le temblaban las manos en clase. Nancy y él habían empezado su aventura en una fiesta durante las vacaciones, no mucho después de que ella descubriera mi propia infidelidad. Ahora todo eso me parece molesto y aburrido, y lo es, pero en primavera las cosas estaban así y a ello dedicábamos toda nuestra energía y atención, con exclusión de todo lo demás. A finales de abril ya empezamos a hacer planes de alquilar la casa y marcharnos a pasar el verano a otro sitio, los dos solos, para ver si éramos capaces de arreglar las cosas, si es que tenían arreglo. Acordamos que no llamaríamos, ni escribiríamos, ni nos pondríamos en contacto de manera alguna con las otras dos personas. De modo que hicimos los preparativos para la marcha de Richard, buscamos una pareja que nos cuidara la casa y, mirando el mapa, cogí una carretera al norte de San Francisco, llegué a Eureka y encontré una agencia inmobiliaria dispuesta a alquilar una casa amueblada para el verano a un matrimonio respetable de mediana edad. Hasta me parece haber utilizado, que Dios me perdone, la frase "una segunda luna de miel" con el empleado de la agencia mientras Susan fumaba un cigarrillo y hojeaba folletos turísticos en el coche.

    Terminé de colocar maletas, bolsas y cajas en el maletero y el asiento de atrás y esperé a que Nancy acabara de despedirse en el porche. Estrechó la mano a la pareja y vino hacia el coche. Les dije adiós con la mano y ellos me devolvieron el saludo. Nancy subió al coche y cerró la puerta.

    —Vámonos —dijo.

    Puse el coche en marcha y nos dirigimos a la autopista. En el último semáforo vimos un coche que salía de la autopista y venía hacia nosotros. Se le había roto el tubo de escape y lo llevaba a rastras, sacando chispas del asfalto.

    —Fíjate —dijo Nancy—. Se puede incendiar.

    Esperamos hasta que el coche se detuvo en el arcén.

    Paramos en una pequeña cafetería junto a la autopista, cerca de Sebastopol. "Comida y Gasolina", decía el letrero. Nos hizo reír. Aparqué enfrente y entramos. Nos dirigimos al fondo y nos sentamos en una mesa cerca de una ventana. Después de pedir café y unos sándwiches, Nancy puso el dedo sobre la mesa y empezó a trazar líneas en el tablero. Encendí un cigarrillo y miré al exterior. Un movimiento rápido me llamó la atención y me di cuenta de que era un colibrí en un matorral, junto a la ventana. Picoteando en una flor del matorral, movía las alas con tal rapidez que parecía un punto borroso.

    —Mira, Nancy —dije—. Un colibrí.

    Pero el pájaro levantó el vuelo en aquel momento y Nancy miró por la ventana y dijo:

    —¿Dónde? No lo veo.

    —Estaba ahí hace un momento —dije—. Mira, ahí está. Pero parece distinto. Sí, es otro.

    Contemplamos al colibrí hasta que la camarera nos trajo lo que habíamos pedido y el pájaro, asustado por el movimiento, desapareció por la esquina del edificio.

    —Vaya, me da la impresión de que es buena señal —dije—. Dicen que los colibríes traen buena suerte.

    —Eso he oído en alguna parte —dijo ella—. No sé dónde pero lo he oído. Bueno, pues no nos vendría mal un poco de suerte. ¿No te parece?

    —El colibrí ha sido un buen augurio. Me alegro de que hayamos parado aquí.

    Ella asintió con la cabeza. Se quedó un momento pensativa y luego dio un mordisco al sándwich.



    Llegamos a Eureka poco antes de oscurecer. Después de pasar el motel donde dos semanas antes Susan y yo habíamos dormido tres noches, salimos de la autopista y cogimos una carretera de montañas que dominaba la ciudad. Llevaba las llaves de la casa en el bolsillo. Subimos un par de kilómetros hasta llegar a un pequeño cruce con una estación de servicio y una tienda de comestibles. Al otro lado del valle, frente a nosotros, había montañas cubiertas de árboles; a nuestro alrededor, todo eran campos verdes. Detrás de la estación de servicio pastaban unas vacas.

    —Qué paisaje tan bonito —dijo Nancy—. Estoy deseando ver la casa.

    —Casi estamos. Justo al final de esa carretera —le dije—, pasando aquella elevación. Ahí la tienes —señalé al cabo de unos momentos—. Ésa es. ¿Qué te parece?

    Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando nos detuvimos en el camino de la entrada, ella y yo.

    —Es bonita —dijo Nancy—. Parece estupenda. Vamos a bajar.

    Nos quedamos un momento delante del jardín, mirando a nuestro alrededor. Luego subimos los escalones del porche, abrí la puerta y encendí la luz. Recorrimos la casa. Tenía dos habitaciones pequeñas, un baño, un cuarto de estar con chimenea, amueblado con unos cuantos trastos viejos, y una espaciosa cocina con vistas al valle.

    —¿Te gusta? —le pregunté.

    —Es maravillosa —dijo Nancy, sonriendo—. Me alegro de que la encontraras. Hemos hecho bien en venir.

    Abrió el frigorífico y pasó un dedo por la encimera del fregadero.

    —Todo está muy limpio, gracias a Dios. Así no tendré que trabajar.

    —Y hay sábanas limpias en las camas. Lo pregunté. Lo he comprobado. Lo alquilan así. Hasta las almohadas. Con fundas y todo.

    —Tendremos que comprar algo de leña —dijo Nancy. Estábamos en el cuarto de estar—.     En noches como esta nos vendrá bien encender la chimenea.

    —De la leña me ocuparé mañana —dije—. Y aprovecharemos para hacer la compra también, y ver la ciudad.

    —Me alegro de que hayamos venido —dijo, mirándome a los ojos.

    —Y yo también.

    Abrí los brazos y vino hacia mí. La abracé. Sentí cómo temblaba. Alcé su rostro hacia mí y la besé en ambas mejillas.

    —Nancy —le dije.

    —Me alegro de que hayamos venido —dijo ella.

     

    Pasamos los siguientes días terminando de instalarnos. Fuimos a Eureka a pasear y mirar escaparates. Compramos provisiones. Hicimos excursiones hasta el bosque, atravesando el campo de detrás de la casa. Encontré en el periódico un anuncio de leña y llamé. Un par de días después se presentaron dos jóvenes de pelo largo con una camioneta cargada de leña de aliso que apilaron bajo el tejadillo del garaje. Aquella noche, después de cenar, tomamos café frente a la chimenea y hablamos de tener perro.

    —No quiero un cachorro —dijo Nancy—. Que un perro cachorro vaya ensuciándolo todo por ahí o destrozando cosas con los dientes es lo que menos falta nos hace. Pero me gustaría tener un perro, sí. Hace mucho que no tenemos ninguno. Creo que nos vendría bien aquí.

    —¿Y cuándo volvamos, cuando se acabe el verano? —dije. Formulé la pregunta de otro modo—: ¿Te parece bien tener un perro en la ciudad?

    —Ya veremos. Mientras, vamos a buscar uno. El que más nos convenga. Hasta que no lo vea no sabré cuál es. Miraremos los anuncios y si es preciso iremos a la perrera.

    Pero aunque seguimos hablando del tema durante varios días y mirando perros en los jardines de las casas por las que pasábamos, señalando los que nos gustaría tener, la cosa quedó en nada, acabamos sin coger ninguno.

    Nancy llamó a su madre para darle nuestra dirección y el número de teléfono. Richard estaba trabajando y parecía contento. Ella se encontraba estupendamente. Oí que Nancy le decía:

    —Estamos muy bien. Esto da buen resultado.


    A mediados de julio íbamos un día por la autopista de la costa y al llegar a lo alto de un repecho vimos unas lagunas separadas del mar por bancos de arena. En la orilla había unos pescadores, y dos barcas en el agua.

    Salí al arcén y paré.

    —Vamos a ver lo que están pescando —dije—. A lo mejor encontramos una caña y podemos ponernos nosotros también.

    —Hace años que no vamos de pesca —dijo Nancy—. Desde aquella vez que Richard era pequeño y acampamos cerca del Monte Shasta. ¿Te acuerdas?

    —Me acuerdo. Y también acabo de acordarme de que echaba de menos la pesca. Vamos a bajar, a ver lo que pescan.

    —Truchas —contestó el hombre cuando le pregunté—. Truchas arco iris, reos. Incluso algunas asalmonadas y unos cuantos salmones. Entran en invierno, cuando se abren los bancos de arena, y luego se quedan atrapados en primavera, cuando se cierran. Ahora es la temporada de pesca. Todavía no ha picado ninguna, pero el domingo pasado cogí cuatro, de unos cincuenta centímetros. Es el pescado más delicioso del mundo, y se defienden como demonios. Los de las barcas ya han cogido algunas, pero hasta ahora yo no he hecho nada.

    —¿Qué cebo utiliza? —le preguntó Nancy.

    —De todo —contestó el pescador—. Lombrices, huevas de salmón, maíz integral. Sólo hay que lanzarlo lejos, dejar que se hunda, soltar un poco y vigilar la caña.

    Nos quedamos por allí un rato, observando al pescador y las pequeñas barcas que se desplazaban de un lado a otro de la laguna entre el murmullo de sus motores.

    —Gracias —dije al pescador—. Y buena suerte.

    —A usted también —dijo él—. Suerte a los dos.

    De camino a la ciudad entramos en una tienda de deportes y compramos unas licencias, unas cañas baratas, carretes, hilos de nailon, anzuelos, corchos, plomos y una cesta. Hicimos planes para ir a pescar a la mañana siguiente.

    Pero por la noche, después de cenar, fregar los platos y encender la chimenea, Nancy sacudió la cabeza y dijo que aquello no iba a dar resultado.

    —¿Por qué dices eso? —pregunté—. ¿Qué quieres decir?

    —Quiero decir que no va a dar resultado. Reconozcámoslo. —Volvió a sacudir la cabeza—: En realidad no tengo ganas de ir a pescar mañana, ni tampoco quiero un perro. No, nada de perros. Más bien me apetece ir a ver a mi madre y a Richard. Sola. Quiero estar sola. Echo de menos a Richard —dijo, rompiendo a llorar—. Richard es mi hijo, mi niño, y ya es casi adulto y pronto se irá. Le echo de menos.

    —¿Y a Del? —dije yo—. ¿También echas de menos a Del Shreader? A tu amigo. ¿Le echas en falta?

    —Esta noche echo a todo el mundo en falta. También a ti. Hace mucho que te echo de menos. Te he echado tanto de menos que es como si no estuvieras conmigo. No sé cómo explicarlo, pero te he perdido. Ya no eres mío.

    —Nancy.

    —No, no.

    Sacudió la cabeza. Se sentó en el sofá, frente al fuego, sin dejar de mover la cabeza.

    —Mañana quiero coger el avión para ir a ver a mi madre y a Richard. Cuando me marche podrás llamar a tu amiga.

    —Eso no —dije—. No tengo intención de hacer eso.

    —La llamarás —dijo ella.

    —Y tú llamarás a Del.

Me sentí ridículo al decirle eso.

    —Tú puedes hacer lo que te dé la gana —dijo ella, enjugándose las lágrimas con la manga—. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica. Pero yo me voy mañana a Washington. Y ahora me voy a la cama. Estoy agotada. Lo siento. Lo siento por los dos, Dan. Esto no va a salir bien. Hoy, ese pescador nos ha deseado suerte. —Sacudió la cabeza   —. Yo también nos deseó suerte. La vamos a necesitar.

    Entró en el cuarto de baño y oí que abría el grifo de la bañera. Salí al porche y me senté en un escalón a fumar un cigarrillo. Fuera todo estaba oscuro y silencioso. Al mirar a la ciudad, vi un pálido reflejo de luces en el cielo y jirones de bruma flotando en el valle. Empecé a pensar en Susan. Poco después, Nancy salió del baño y oí que cerraba la puerta de su habitación. Entré, puse otro tronco en la chimenea y esperé a que las llamas se encaramasen por la corteza. Luego pasé a la otra habitación, descubrí la cama y contemplé los dibujos florales de las sábanas. Luego me duché, me puse el pijama y fui a sentarme otra vez frente a la chimenea. Ahora la bruma llegaba a la ventana. Me senté a fumar delante del fuego. Cuando volví a mirar hacia la ventana, algo se movió entre la niebla y vi un caballo que comía hierba en el jardín.

    Me acerqué a la ventana. El caballo alzó la cabeza y me miró, luego siguió arrancando hierba. Otro caballo entró en el jardín, pasó junto al coche y empezó a pastar. Encendí la luz del porche y me quedé delante de la ventana, mirándolos. Eran caballos altos, blancos, de largas crines. Se habrían escapado de alguna granja vecina por el hueco de una cerca o una portilla abierta. Comoquiera que fuese, habían venido a parar a nuestro jardín. Estaban encantados, disfrutando enormemente de su escapada. Y también nerviosos; desde la ventana les veía el blanco de los ojos. No dejaban de agitar las orejas mientras arrancaban matas de hierba. Un tercer caballo entró vacilante en el jardín, luego un cuarto. Era una manada de caballos blancos, y estaban pastando en nuestro jardín.

    Fui a la habitación de Nancy y la desperté. Tenía rulos en el pelo, los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. A los pies de la cama había una maleta abierta.

    —Nancy, cariño —le dije—. Ven a ver lo que tenemos en el jardín. Ven, corre. Tienes que verlo. No te lo vas a creer. Date prisa.

    —¿Qué pasa? —dijo—. No me hagas daño. ¿Qué ocurre?

    —Tienes que verlo, cariño. No voy a hacerte daño. Lamento haberte asustado. Pero tienes que venir a verlo.

    Volví al cuarto de estar, me aposté delante de la ventana y al cabo de unos minutos vino Nancy atándose la bata. Miró por la ventana y exclamó:

    —¡Qué bonitos son, Dios mío! ¿De dónde han salido, Dan? Son preciosos.

    —Han debido de escaparse de una de esas granjas de por ahí —dije—. Voy a llamar a la oficina del sheriff para que localice a los dueños. Pero primero quería que los vieses.

    —¿Crees que morderán? —me preguntó—. Me gustaría acariciar a aquel de allí, el que acaba de mirarnos. Me encantaría pasarle la mano por el cuello. Pero tengo miedo de que me muerda. Voy a salir.

    —No creo que muerdan —dije—. No parecen de los que muerden. Pero si sales, ponte algo, hace frío.

    Me puse el abrigo encima del pijama y esperé a Nancy. Luego abrí la puerta, salimos al jardín y nos acercamos a los caballos. Todos levantaron la cabeza para mirarnos. Dos de ellos volvieron a bajarla y siguieron comiendo hierba. Otro dio un resoplido y retrocedió, para luego bajar la cabeza a su vez y continuar pastando. Acaricié la cabeza de uno y le palmeé el flanco. Siguió mascando. Nancy alargó el brazo y empezó a acariciar la crin del otro.

    —¿De dónde vienes, bonito? —dijo—. ¿De dónde vienes, y por qué has salido esta noche, caballito?

    Nancy continuó acariciándole la crin. El caballo la miró, resopló entre los labios y volvió a bajar la cabeza. Ella le dio unas palmaditas en el flanco.

    —Me parece que voy a llamar al sheriff —dije.

    —Todavía no —dijo ella—. Espera un poco. Nunca volveremos a ver una cosa así. Nunca jamás volveremos a tener caballos en el jardín. Espera un poco más, Dan.

    Al cabo de un rato, Nancy seguía yendo de un caballo a otro, dándoles palmadas en el lomo y acariciándoles la crin, cuando uno de ellos echó a andar por el camino, pasó delante del coche y salió a la carretera. Entonces comprendí que tenía que llamar.

    —¡No les haga daño! —gritó Nancy.

    Volvimos a la casa y nos pusimos delante de la ventana para ver cómo los ayudantes del sheriff y el granjero reunían los caballos.

    —Voy a hacer café —dije—. ¿Te apetece una taza, Nancy?

    —Te diré lo que me apetece —dijo ella—. Estoy en las nubes, Dan. Como si me hubiera drogado. No sé explicar esta sensación, pero me gusta. Mientras tú haces café, yo buscaré música en la radio; después aviva el fuego en la chimenea. Estoy demasiado nerviosa para dormir.

    Así que nos sentamos frente al fuego bebiendo café y escuchando una radio de Eureka que emitía toda la noche mientras hablábamos de los caballos y luego de Richard y de la madre de Nancy. Bailamos. No mencionamos para nada nuestra situación. La bruma pendía al otro lado de la ventana y charlamos y estuvimos cariñosos el uno con el otro. Al amanecer apagué la radio, nos acostamos e hicimos el amor.

    Por la tarde, cuando hizo todos los preparativos y cerró las maletas, la llevé a un pequeño aeropuerto donde cogería un vuelo a Portland. Allí haría transbordo con otra compañía aérea que la dejaría en Pasco bien entrada la noche.

    —Saluda a tu madre de mi parte. Dale a Richard un abrazo y dile que le echo de menos.     Dile que le quiero.

    —Él también te quiere a ti. Ya lo sabes. En cualquier caso, le verás en otoño, estoy segura.

    Asentí con la cabeza.

    —Adiós —dijo, tendiéndome los brazos.

    Nos abrazamos.

    —Me alegro de lo de anoche —dijo—. Los caballos. La conversación. Todo. Es una ayuda. Nunca lo olvidaremos.

    Se echó a llorar.

    —Me escribirás, ¿verdad? —le dije—. Ni por un momento pensé que nos ocurriría esto a nosotros. Después de tantos años. Ni soñarlo. A nosotros, no.

    —Te escribiré —dijo ella—. Cartas muy largas. Las más largas que hayas recibido jamás después de las que te mandaba en el instituto.

    —Estaré impaciente por recibirlas.

    Luego me miró otra vez y me pasó la mano por la cara. Me dio la espalda y se dirigió al avión que la esperaba en la pista.

    —Adiós, amada mía, que Dios sea contigo.

    Subió al avión y me quedé ahí hasta que los motores a reacción se pusieron en marcha. Al cabo de un momento, el avión empezó a rodar por la pista. Despegó sobre la Bahía de Humboldt y pronto se convirtió en un punto en el cielo.

    Volví a casa, dejé el coche en el camino de entrada y miré las huellas de los cascos de los caballos. Había marcas profundas en el césped, y calvas, y montones de estiércol. Entré luego en la casa y, sin quitarme siquiera el abrigo, fui al teléfono y marqué el número de Susan.

martes, 22 de agosto de 2023

EL BUEN SOLTERÓN

 EL BUEN SOLTERÓN.


Sales de tu casa, muy temprano, tempranísimo —a las cinco y cuarenta y cinco—, un día del mes de noviembre que te envuelve en un abrazo frío por las calles desiertas. Acabas de cumplir más de sesenta noviembres. El aire es gélido, sabes que hace frío, pero, te empeñas en hacerte el héroe fingiendo como un cosaco por no llevar camiseta de algodón. A lo lejos, el bar de esquina, el café te espera, como un faro de calidez en medio de la penumbra. Tomas café y mientras fumas tu segundo cigarrillo, te invaden los pensamientos y te sientes un personaje de una película en blanco y negro, como la que viste anoche y que terminó pasada las doce. Te despierta de un golpe el vecino que ya viene de comprar el pan. El tipo no te cae bien y hoy, se ha ganado otra medalla para ser más imbécil aún. Pero el golpe te ha servido para continuar y despertar de tus fantasías. Vas por la acera, sigues pensativo. Ahora tienes frío, y vas al coche y te pones tu chaquetón que te abriga los pensamientos, esos pensamientos que te atrapan en una profunda reflexión sobre tu triste y solitaria existencia.     El tiempo apremia y el tren sale en veinte minutos. A lo lejos ves a alguien tambalearse, como borracho. No haces caso, pero ella sigue ahí, como una melodía persistente, se acerca despacio. Ha empezado a llover y ello te dificulta la visibilidad. Es una mujer, parece alta, y es rubia y con los ojos verdes. Claro, es María, la vecina del quinto. Bajas la ventanilla, la lluvia cae como metralla y gritas balas entrecortadas: —Buenos días. María, ¿te llevo a la estación? —¿Buenos días? —pregunta al subir al coche—. Hace un viento horrible, está lloviendo a mares y se me ha estropeado el coche. Y me dices: “buenos días”. No seas cruel Juan. —Bueno, mujer, es una forma de hablar.     El silencio que sigue es incómodo y reflexivo y nos invade como un abismo de palabras y cabreo. Te choca su intento de chiste, pero lo admites, no es un buen día. La lluvia continúa cayendo, como si fuese parte de la conversación. Has llegado. Aparcas lejos, pues es tarde y la gente madruga y no se entretiene. Tú a lo tuyo, a tu ritmo lento de vida. Ella se baja y grita: “me he puesto chorreando. Malditos sean los lunes y los lunes de noviembre”. Te quedas aún más callado. Pero realmente tú también quieres gritar. No haces nada, sino correr para el andén. El tren está al llegar. María tiene cara de enfado, pero, te acaba soltando una sonrisa. Piensas que está loca. O caliente. Enciendes tu ordenador. Introduces tu clave de escritorio. Aún no te has despertado, sigues en tu estado de narcosis. Ojo cerrado y ojo medio abierto. No tienes ningún correo. Vas y te haces una infusión. Mientras te la tomas, lees las noticias en internet; “España, campeona del mundo de fútbol femenino”, gritas en silencio: “bien, joder bien”.     Llega el pesado de la oficina, gritando tan temprano. Te cae mal, sí, sí, también te cae mal. Te obliga a bajar al bar, a tomar café. No te apetece, pero vas. Escuchas sus opiniones sobre el partido. Tú haces como el que pone interés; sin embargo, pasas de él. No es bético y te cae regular. Prefieres pensar en la vecina del quinto y su sonrisa (“polvo en ausencia del marido”). Sonríes y confundes al pesado. Suena tu teléfono. Es la jefa; “Ramírez, venga a mi despacho, tengo trabajo para usted”. De inmediato reflexionas; “joder, es lunes y su voz de cabreada. Puto lunes”—sentencias. Pasan las horas, sigues con mucho sueño, el informe lo terminaste antes de la una, pero no lo entregas hasta las dos y media, justo cuando te vas de la oficina.

Vuelves al tren, vuelves durmiendo y escuchando la radio. Otra vez: “España, campeona del mundo”. “El mundo es de ellas”, “Rubiales se disculpa tras su beso a Jenni Hermoso”. Las noticias pasan como la lluvia fuera, sigues sin conexión y sin entender tu vida. Todo el mundo parece envuelto en un manto gris y mundano. Te despiertan las dos alarmas del móvil, el tren ha llegado y has vuelto a casa. Comes cualquier cosa, no te apetece el potaje que te trajo tu hermana. Te levantas de la siesta con una sonrisa (“polvo con la del quito”).     —Tú debes de tranquilizarte. Juan, la cuestión es muy mecánica y siempre, o casi siempre funciona. Lo primero que tienes que hacer es tener varios perfiles en las redes sociales. Y dar like a todas aquellas que te inspiren deseo —no seas lascivo—. Pero, ojo, sin deseo de cazador y perverso de poseerlas sin remordimientos—los consejos del amigo.     —¡Lolo! —le gritas. Para, para ya por Dios. ¿Sabes que lo de ser solterón se hereda? Él ríe a carcajada, limpia y violenta, como una alarma de incendios. Sabes que acabas de cometer un error y tu colega —tu mejor amigo—, el guapito del grupo, se mofa de ti. Te sientes vulnerable y te duele, aunque sabes que tu dolor es exagerado. El tío, además, te golpea el hombro —como un experto boxeador—, el que tienes dolorido por la caída, sí, ese mismo, y sigue riéndose. Pero finges naturalidad y te intentas hacer el duro. No sabes y él se da cuenta.     —Sí, tío, sé que lo de solterón se hereda —dice con ironía al camarero. “Tierra trágame, ahí viene el capullo del bar y sus bromitas”     —Eso dicen —susurras con voz temblorosa—. ¿Quieres otra cerveza? —lo haces para que se calle la boca. Pero sigue escupiendo palabrería y carcajadas (“hijo de puta”).     —Sí, claro lo dicen las evidencias científicas y el National Geographic.     Mientras el capullo de tu amigo, disfruta de su estupidez —y la tuya—, tú piensas que él tiene “cuernos” —con maldad—, Inma se acostó contigo, aunque lo tienes en lo más oculto de tus entrañas. Sería demasiado sucio el argumento.     —¿Pero, tú de qué presumes? —preguntas con odio transitorio—. Presumes del catfishing las redes sociales y de ser “un engañador viudas”, prefiero la soltería —confirmas con miedo. Son las diez de la noche. Llegas a casa y cenas algo ligero. Y tu preocupación es tal, que te ha hecho hacer la consulta a “San Google”. Y lees que según un estudio publicado en la revista “Social Psychological and Personality Science” en 2018, las personas solteras pueden experimentar niveles más altos de autenticidad en comparación con las personas románticas y que pueden tener mayor claridad de identidad y metas personales. Un consuelo absurdo y un comentario chistoso, un cóctel amargo que en nada cambia tu situación —solterón empedernido—. Te tomas un yogur y te duermes en el sofá, son las doce y media, la película ha terminado. Todo está por medio. Suena el despertador, son las cinco y treinta. Empieza el día.


John Galls. Septiembre 2023


lunes, 21 de agosto de 2023

Marisma de cine

   Marisma de cine


Quino, al que llama el ferretero, es guía turístico —y licenciado en historia del arte—, recoge a Marina, Rocío y Roberto en la estación de tren que está situada a las afueras del pueblo. Quino recibió el encargo de Ignacio, que además de funcionario, es uno de los dueños de una empresa de gestión de turismo local.  Eran sobre las once de la mañana de un sábado trece de abril. En la marisma del Bajo Guadalquivir, en esa época del año, de momento, solo de momento, no hace mucho calor y ni hay muchos mosquitos, ni moscas, entre otros bichos típicos, que son más abundantes en mayo o junio. En principio, el día para hacer la visita, era óptimo, pero la marisma nunca se sabe, a menudo depara sorpresas. La fecha elegida evitará, casi con seguridad, que los turistas de cine, sufran el calvario, también conocido los “marismeños” y al que llaman los mosquitos “orejeros” —más pequeños y con una picadura más fuerte—. Estos orejeros son una especie de mosquito “diurno” y son una verdadera tortura, son infinitos y a esa tortura nunca se acostumbran los lugareños, sus zumbidos son como un molinillo de café a las seis de la mañana. (“Los orejeros no llegan hasta junio”)


La empresa de turismo de Ignacio les organizó la ruta turística por la zona donde se grabó la película “La Isla Mínima”. Su idea es vender el producto a los amantes del cine.  Roberto, Rocío y Marina, son compañeros de trabajo de Ignacio y muy aficionados al cine —hoy son turista de cine—. Todos los turistas de hoy están casados y felices en su matrimonio, como si todo el monte fuese orégano o una autopista sin peaje, y puede ser, puede ser, a pesar de que Ignacio sabe que Rocío ha sido infiel, al menos en dos ocasiones —el matrimonio monógamo, la institución jurídica y religiosa de convivencia inquebrantable. Pero, los compañeros de trabajo, ya se sabe, tantas horas juntos crea roce y amistad, entre otras cosas. Todos tienen mucho interés en conocer la zona donde se grabó una de sus películas favoritas, además Ignacio, que se crio en la zona, tenía mucho interés en que prospere el turismo local, y esta película es una oportunidad de publicitar su tierra y no quiere desaprovecharla.


Quino, el ferretero e Ignacio, el explorador, se ha criado en la zona y conoce perfectamente cada palmo, el lugar del rodaje. Ambos les van a enseñar el “plató natural”  de la película. Pero al mismo tiempo, su tierra, su tierra de salitre y armajos, esa que le vio crecer y de la que están muy orgullosos.


 Comenzaron el recorrido, con un todoterreno Nissan Patrol —propiedad de Ignacio—, con veinte años de marisma y con más kilómetros que un camión de reparto de cruzcampo. Al poco tiempo, pasaron por la balsa de Melendo —la zona de la balsa se reforestó con plantas autóctonas como adelfa, retama, taraje, pino carrasco, algarrobo, lentisco, acebuche y chopo, lo que unido al suelo impermeable crea una lámina de agua y un ambiente muy favorable para la presencia de especies de aves. Pasados unos kilómetros cruzaron por el cortijo de Merlina en dirección a Marismillas, Vetaherrado y San Leandro —pueblos de colonización que se hicieron, en su mayoría, con la dictadura de Franco (“el tito Paco”) y que fruto de este proceso convirtió muchas tierras de secano en regadío y al mismo tiempo hizo ricos a algunos que ya lo eran—. El camino de tierra, que va entre los muros —elevaciones de tierra que separa el Sector B XII del Sector A XII—y en paralelo al canal de los presos, los lleva a la antigua factoría de envasado de arroz llamada “Cotemsa”. En ella se envasaba Arroz Rocío y Arroz Brillante —ya en desuso por efecto del capitalismo que hace más económico procesarlo en otro lugar—. El trayecto discurre por una inmensa zona llana que por su cercanía al río y al mar tiene algunos acuíferos con aves. También los campos de arroz contribuyen a mantener este ecosistema —el cultivo del arroz en la zona lo introdujeron los árabes en el siglo VIII— facilitan y crean un hábitat ideal para las aves acuáticas que vienen y van a Doñana, como los domingueros a las playas de Cádiz por la autopista. Esta marisma fue, en época tartésica, un lago de agua dulce del que surgieron las tres islas de la comarca: Isla mayor, Isla menor y la llamada Isleta o Isla Mínima. 

Cotemsa —que además de ser una factoría de envasados; era un poblado con cantina, Iglesia y casas— el ferretero hizo la primera parada y puso a prueba a los “turistas de cine”. “¿Serán capaces de reconocer qué escena de la película se rodó allí?”. Quino, el ferretero e Ignacio, saben y reconocen cada toma de la película y el sitio exacto de su rodaje.

 

—Fácil —gritan Marina y Rocío al mismo tiempo— Ahí, a la derecha, estaba la feria, los cacharritos y los puestos —comenta Rocío.

—¿Seguro? —dice Roberto antes que Quino abra la boca—. 

—Sí —refiere Ignacio con certeza— Es una de las primeras escenas de la película. Por eso he accedido por aquí, para que vierais el plano tal y como está rodado.

 Se pararon justo en la explanada que hacía las veces de plaza del poblado. Todo es fantasmagórico, como un pueblo desolado y habitado por vampiros. La iglesia está en el centro —su puertas están tapiadas, para evitar, seguramente, el expolio—. Durante un tiempo fue parada en la peregrinación a la Virgen del Rocío. La cantina, donde se gastaban el jornal los trabajadores explotados de la factoría , está junto a la carretera. El poblado contenía todos los elementos para la vida moderna capitalista: era el lugar de trabajo, de descansar, de dormir, soñar y de volver a trabajar. Nada de olvidarse de la producción, eso no, eso no. Todas la facilidades que se pueden tener para los trabajadores al servicio del capitalismo para que estén contentos.

—Qué curioso, no se parece mucho. En la película parece más grande —dijo Marina—. Nunca me lo imaginé así. —mirando al frente, al mismo tiempo observa el movimiento que, con las manos, que hace Quino mientras explica cada detalle del poblado y de la gente que vivió allí.

Mientras Quino explicaba a los turistas, Ignacio no quitaba ojo a Marina. Recuerda la última vez que se liaron, y esa situación le excitaba hasta el extremo de acercarse a ella, fingiendo ser amable para rozarla con cualquier escusa, como se roza el gato de una venta, una y otra vez. Sabe que a ella le va el juego. Ella le susurró —alejándose un poco de todos—; “te tengo ganas, canalla”. 

Ignacio —disimuladamente— hizo las veces de guía particular de Marina para enseñarle la parte trasera de poblado —lo que era el colegio—. Marina besa a Ignacio como si fueran a morir mañana. A través de la ventana de lo que fue la secretaria del mismo, ven al resto de turistas y de pronto, escucharon un ruido extraño.

  —¿Cabrón, qué haces aquí? —grita quién parece ser un indigente—, ¿no te da vergüenza?, tu mujer no se merece lo que acabo de ver. 

—Tranquilo —con las manos abiertas y un hilo de voz, dice Ignacio. 

El botas —como le llaman en el pueblo— es un enganchado a las drogas y a los robos a pequeña escala —como dicen en la zona, un chatarrero de aluminio—. Un marginado conocido por todos por haber estado muchas veces encarcelado. El botas, saca una navaja y amenaza a Ignacio —en la marisma, todos llevan navaja—. Se sabe que no es peligroso, pero tampoco un tío de fiar. Es un chivato y vende sus chivatazos al mejor postor. Ignacio sabe que ha estado al servicio de los traficantes de la zona.

—No te muevas o te mato —grita desesperado y asustado—. ¿Cómo me has descubierto?.

—Sabes que soy guía de turismo del pueblo. Estamos haciendo una visita por la zona donde se rodó la película “La isla mínima”. No tenía ni idea que estabas aquí.

—Joder. ¿Viene más gente con vosotros? —susurra “El botas” al explorador.

—Tío, tranquilo, nos vamos y no decimos ni pío. De verdad, no te hemos visto, ¿verdad Marina?

—Por supuesto —con voz temblorosa y con la excitación arrancada de raíz como una mala yerba en un algodonal.

—Dame el dinero que llevas encima.

El explorador le da doscientos euros que lleva. El botas los coges con ansiedad —los ojos se le ponen como paelleras. 

—Además, a lo más mínimo, me chivo. Vale —dice el enganchao—, pero esto no es suficiente. Como llames a la policía o te chives a alguien, diré todo lo que sé que me ha contado un “pajarito” —Marina se queda quieta y muy asombrada—. “¿Qué pasa aquí?” —piensa con el calentón cortado.

Ambos salen de su fallido y arriesgado periplo “amoroso” con la cara descompuesta. Los que estaban fuera, quieren ver el interior de la escuela, pero Ignacio, pálido, sugiere irse de allí y dijo:

—No, no, por Dios, dentro hay olores muy desagradables, está todo patas arriba y hay escombros y basura. Propongo seguir viendo el resto del pueblo.

Todos asienten, pero Quino, duda, y duda bastante y con asombro. Sabe que es extraño. Continúan visitando lo que queda de poblado, Ignacio toma la iniciativa de las explicaciones. 

—Chicos —dice intentando olvidar al botas y la excitación con Marina— esto es Cotemsa. Como veis, un pueblo pequeñito y pocas cosas más que explicar. Ya sabéis, esto era la factoría, cantina y casas. Pocas casas, seis o siete familias. Ahora, un escenario fantasma convertido en turismo de cine

A Ignacio le emociona aquel sitio, él vivió allí durante años —aún le suena las torvas limpiando la cáscara del arroz—. Su padre fue trabajador de la factoría y aquel colegio fue su colegio hasta los doce años. Es donde creció y del que forma parte. Se siente protagonista y orgulloso. Dan un rodeo entre las naves ruinosas, buscando el Patrol. Solo se escucha el viento y las pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo y de factoría. 


(“Niños, venid a por el pan con aceite. Es la hora de la merienda”)


Sobre su fachada, muy escalichada, hay un letrero —borroso por el paso del tiempo—, que pone: “Rocío” con las letras blancas sobre fondo rojo. Y continúa explicando Ignacio:

—En Cotemsa se grabaron varias escenas; la de la feria, la visita a la señora que alquila la casa, el colegio donde entrevistan a las amigas de las niñas y el bar donde los protagonistas toman una copa.

Vuelven al Nissan Patrol y continúan en paralelo a las canaletas de riego. Al otro lado surge el canal de los presos —de los trabajos forzados y mudo testigo de la represión— que aún huele a hormigón sucio, a sudor de presos, a dictadura y a condenas políticas y a odio.

 —Esta zona es el “pre”parque de Doñana —comenta Ignacio. La toma que desde el cielo hace Alberto Rodríguez, es espectacular, maravillosa. Desde la avioneta, si se traslada a una escala menor, es como ver las ramas de un árbol o incluso a los nervios de una hoja. O sin ir tan lejos, las venas de nuestro cuerpo tiene estructuras parecidas.

—Es impresionante y precioso—afirma atento Roberto.

Marina se tranquilizó. Pero necesitaba hablar con Ignacio. Se le repiten, como el ajo, las palabras de “El botas”. Tampoco es de las que tienen miedo a las cosas, pero, sabe que Ignacio es de los que se comen la cabeza con facilidad. Sabía que estaba nervioso porque apareció el tic en el ojo derecho.

Por las ventanillas del todoterreno entraba un profundo olor a salitre, a fango, a humedad y yerba, en definitiva olía a Marisma. Ignacio tiene buscar la ocasión para hablar con Marina, pero de forma repentina, el Nissan Patrol, pincha la rueda delantera, con lo que la parada se convierte en una obligación.

—Quino, saca la rueda de repuesto del maletero —vocifera Ignacio mientras se sujeta a la puerta —con desesperación y nerviosismo.

—Voy —responde a toda velocidad.

Quino empieza a quitar los tornillos, cuando, de repente, se da cuenta de que no está la llave maestra para aflojar el tornillo de seguridad o antirrobo. Ignacio no hace ni el intento de hablar con Marina, demasiado ocupado en la avería. Una banda de mosquitos orejeros aparecen. 

—Joder, ¿y ahora que vamos a hacer? —grita desesperado, Ignacio.

—Podemos llamar a la grúa —vacila Quino.

—La grúa no presta asistencia en medio de la marisma. Tendremos que buscar otra solución, listo, que eres un listo —reprocha Ignacio con cara de pocos amigos. ¿Has mirado bien en la caja de herramientas?.

—Sí, sí que he mirado.

Ignacio no tiene en cuenta la respuesta y vuelve a mirar. Es cierto, no está la llave. Pero observa que tiene una caja de multiusos Stanley; todo tipo de brocas y una carraca con diez accesorios…

—Anda, prueba con esto —enseñando la caja a Quino— a ver si alguna de ella funciona. 

Y efectivamente, a pesar de la torpeza de Quino, hay una broca que le ayudó a quitar el tornillo de seguridad de la rueda. Los turistas de cine, atónitos, miraban al dúo de amigos. No entendían sus vaivenes y su palabrería —inusual en su contexto cosmopolita.

Cerca de donde tuvieron la avería, hay un colector y un puente, justo al lado, unas compuertas de color amarillo chillón —que a lo lejos—parecen un desfile de Minions. Se para, porque la vista del río es preciosa. Ignacio aprovecha, mientras los demás hacen fotos, para acercarse de nuevo a Marina y aclararle que no hay problemas con lo sucedido en Cotemsa.

—Conozco bien a ese desgraciado. Desde siempre me ha tenido envidia y nunca toleró que me fueran bien las cosas, a pesar de que su padre era el rico del pueblo y lo tenía todo. Pero ahora todo ha cambiado, y trabaja para nosotros y por una raya de coca, es capaz de vender a su padre.

—Vale, sé que conoces bien a ese tío. Y eso que dices, me preocupa. ¿Y si alguien le da para quitarse el mono y te delata?. No me preocupa, lo tengo todo controlado —dice mientras disimulan que están viendo con unos prismáticos de Amazon, modelo prismas— unas aves al otro margen del río, pero muy juntos, tanto que se roban el aliento. (“Otra vez el gato de la venta”)

Mientras Ignacio y Marina, observan con los prismáticos, Quino y los demás hacen fotos. El ferretero explica las características de la vegetación natural, una vegetación tan vasta que ni siquiera sirve para alimentar los animales. 

Reanudaron la marcha, en dirección a El Trobal, Maribañez y Sacramento. A un lado, se ven los secaderos de arroz junto a las naves donde guardan la maquinaria agrícola y al margen izquierdo, los campos de algodón, remolacha y trigo. 

Cuando cruzan el poblado de San Leandro, se respira un intenso olor  a hierba. Esta vez esa hierba no es de las cunetas ni de los campos, sino de los patios de las casas. Aquí, en la comarca, alguna gente han desarrollado otras formas de obtener ingresos ante jornales no dan para mucho. La mecanización y la falta de alternativas de desarrollo, los ha avocado a cultivo de “hierba”. Esto y la cercanía a la desembocadura del Guadalquivir, junto a red de vigilancia y transporte fácil, por la llanura del terreno y los muchos carriles —que parecen todos iguales a los forasteros—, hacen que el negocio sea exitoso. Sanlúcar está a un paso y río es una autopista para las organizaciones de traficantes. Los miniproductores —cualquier vecino jubilado con trescientos euros de paga o cualquier joven de veinte años en desempleo y sin prestación, por ejemplo— venden a los cabecillas su producción y aquí empieza el comercio a gran escala. 

Vuelven a parar. Esta vez en la venta de “El Santero” que está en la carretera de “práctico”para el coche y les invita a dar un paseo junto al río, para después tomar un algo en la venta, que por supuesto tiene pocos lujos. Cuando entran los turistas en el local, todos los presente callan como si estuvieran en misa. Todos responden al unísono con un; “buenos días”. Rocío observa que Marina está nerviosa, pero no se atreve a preguntar —casi todos en la oficina saben lo bien que se lleva con Ignacio. 

Quino les comentan que en aquella zona es donde se rodó la escena en la que encontraron los cuerpos de las niñas.

—A un lado del camino, un cuerpo,  y justo en la otra parte del carril, el otro —dijo Roberto.

Mientras están en el ventorrillo, los agricultores que estaban —una vez roto el lapso de intimidad producida por los turistas— comentan que la noche anterior hubo un robo entre traficantes y que la policía anda buscando a gente. 

—Parece ser que hubo redada y controles en varias carreteras de acceso al río. —dijo el de la gorra de cuadros.

—Sí, al parecer hay gente escondida en el río y en los barracones —comentó el camarero con pinta de chismorrón —y continuó diciendo—: aquí por las noches esto parece “una feria”. Hay luces por todos sitios.

—Hombre, contesta el otro, también hay gente que va a regar los campos y a trabajar, no seáis tan mal pensados.

—Habrá de todo —sentenció el camarero.

En ese instante pasa un coche, tipo ranchera, a toda velocidad. El polvo que levanta, deja un rastro visible a kilómetros. Quino se percató que el coche llevaba un logotipo con un dibujo, que quiso parecerle un grajo con un anagrama que no pudo leer. Quino levantó las manos en señal de protesta. 

—Cabrón —gritó Quino.

—No conozco ese anagrama. Quino, ¿te suena a ti?. Es como un cuervo —sugiere Ignacio. 

—No, ni idea. 

Los demás turistas tienen la sensación de estar viendo algo extraordinario. 

El resto de gente que está en la venta, callaron. “En boca callada no entran moscas”, ni generen sospechas…

Antes de reemprender la marcha, aparecen dos coches de la Policía.

—Buenos días. Por favor, saquen todos su documento de identidad. ¿Quién es el propietario del Nissan Patrol?.

—Es mío —dice Ignacio. 

—Por favor, la documentación.

Ignacio sale y lo acompaña uno de los policías que entraron. Se dirigen al Nissan. Sacó la documentación. Dos agentes comprueban la documentación de todos los que estaban en ese momento en la venta. Los turistas manifiestan que están de excursión y que la han contratado a través de la empresa de Ignacio. Todos acreditan esta circunstancia y el pago. Los policías asienten y les devuelven la documentación. Tenemos que esperar a que el compañero haga unas comprobaciones. Podrán continuar su visita a la marisma.

—Aquí tiene usted.

—Gracias, voy a verificar algunos datos —comenta.

El guardia se aleja y me mete en el coche patrulla. Allí está durante  más de diez minutos. Vuelve y…

—Sabe usted que este coche está fichado. Esta matrícula ha participado en una operación ilegal. Tenemos orden de inmovilizar el vehículo. Usted tiene que dar respuestas a algunas dudas que tenemos.

—Eso es imposible —defiende Ignacio—. El coche lo he comprado usado. Yo solo llevo un mes con él. Por favor, estamos trabajando con estos turistas, consulte la fecha, seguro que es anterior a mí comprar, por favor teniente, por favor… Mire, aquí tengo una copia del contrato. 

—Déjeme ver. Está bien, preguntaré a la central y a ver que ordena el jefe. Espérese un momento.

El Policía que habla con Ignacio se va al coche patrulla y consulta con la central y sus jefes. Al rato vuelve. 

—Es cierto, hemos consultado la base de datos. El coche está a su nombre desde hace doce días. Pero también es cierto que se ha cometido un acto delictivo con él antes de esa fecha.

—¿Algún accidente de tráfico?. —pregunta desesperado Ignacio.

—No es algo que usted tenga que saber. Dada las circunstancias, le vamos a permitir que tenga el coche y termine su trabajo, pero en el plazo de veinticuatro horas tiene que presentarlo en la comandancia. 

—Perfecto, así lo haré, no se preocupe. Gracias.

—Nos hemos librado de “cagalastima” de un buen lío —dice Quino.

—”Noniná” —dios mío.

Ignacio paga la cuenta y se despiden de los agricultores y del camarero. Todos los se quedaron asombrados por el incidente, los lugareños, no, ellos no —como en el lejano oeste—, allí la ley, no es únicamente la del ordenamiento jurídico. Allí es frecuente que haya registros y redadas, tiroteos nocturnos y ajuste de cuenta entre bandas. Bandas que reclutan a agricultores y jornaleros, para vigilar y actuar rápido en las descargas de fardos. Las mafias, esas sí, sí que aprovechan las circunstancias personales y políticas de los habitantes de la zona y los exprimen como un limón en una barbacoa.

—Si os fijáis, esta es la zona típica de marisma —comenta Ignacio aún alterado por el incidente.

—Quino, ¿cómo se llaman estos arbustos? —señalando un armajo — dice Roberto.  

—Esos son armajos o armaos y pueden vivir en agua con alta salinidad. Esas que están en el canal, son juncos y carrizos. Las aves que acaban de salir a medio vuelo, son polluelas y aquellas que se ven al final, espulgabueyes o garzas blancas.

El sol está en todo lo alto y aprieta el calor.  Ha pasado más de dos horas. Continúan con la marcha en paralelo al río. Llegan por la llamada carretera de “plástico” que pasa por “el rincón del prado”. Es este,  un lugar atípico, es como un oasis donde hay árboles; algunos eucaliptos, olivos e higueras. Ahí anidan las águilas pescadoras y los aguiluchos laguneros —dijo el guía—.  Son las ruinas de un antiguo cortijo llamado “Merlina”. El coto Doñana, está en la otra orilla.

—Qué nombre tan curioso y llamativo —dijo Marina.

—Sí, me recuerda a la niña de la Familia Adams —comentó Roberto.

Vuelve a hacer una parada. Las vistas son espectaculares. Hay una gran explanada. Dejan el coche visible y cerrado. Ignacio sugiere dar un paseo y aprovechar para hacer las necesidades. A unos quinientos metros hay un pequeño poblado, también abandonado, que se llama “La Señuela”.  Estuvo habitado, en los años ochenta, por los ganaderos de la zona. Actualmente, sirve de merendero.

 Ignacio se va a la orilla del río. Está reflexivo, pensativo. Marina se acercó y se sentó junto a él.

—No te apetece conocer el poblado y la casa del guarda, son preciosas ruinas—dice Ignacio.

—No, prefiero compartir las vistas del río contigo. 

Ella le coge la mano y, tras comprobar que los demás están lejos, le da un beso y le dice al oído:

—Me apetecía estar contigo. Tranquilo, lo del coche no tiene nada que ver contigo. Y el fulano que vimos en Cotemsa, seguro que en un charlatán sin peligro. Un drogata que nada tiene que hacer —consuelo de Marina.

—Y nosotros, ¿qué somos? —pregunta Ignacio.

—Ni idea, pero si pudiera te iba a decir que es lo que me apetece hacer ahora…

—Ni se te ocurra, por dios Marina.

—Déjame un poco, anda.

De pronto escuchan gente hablar. Una familia que viene a pasar el día en el río —es más frecuente que lo hagan los domingos, pero la cercanía del pueblo facilita las visitas.

—Marina, por favor, son gente del pueblo. Conocen a mi familia —suplica nervioso Ignacio.

Ignacio saluda a la familia de “domingueros” y llama a Quino.

—”Quino, es tarde, tenemos aún un buen rato hasta llegar al pueblo. Veníos ya” —dice Ignacio por teléfono.

—”Sí, en diez minutos estamos en el coche”.

Marina, que había escuchado la conversación, vuelve a la carga. Están dentro del coche, vuelve a besar a Ignacio.

—Marina, por favor… Nos va a ver. 

—Tu calla y avisa cuando los escuches…

Roberto, Rocío y Quino se habían dirigido hacia la antigua casa del guarda —a unos doscientos metros. 

—Mirad por esta ventana —sugiere Marina.

El plano desde la distancia es precioso. Se veía el río y al fondo el horizonte  casi infinito y totalmente plano.

—Como uno de los cuadros de Dalí a su hermana, el que se llama “Figura en una finestra”—comenta Rocío a Marina—. No te muevas, te hago una foto.

En las paredes, que aún están en pie, hay un grafiti donde se puede leer “Nunca MÁS” dentro de un corazón atravesando por una fecha y un cuervo encima que está picoteando las letras. Quino cree, que puede ser donde el lugar donde torturaron y violaron a las niñas y que fue un hecho real… Quino, que es historiador del arte y muy aficionado a la ciencia oculta, siente una extraña premonición. Ese grafiti se le clava en el pecho.  Quino lo relaciona con el dibujo del coche que pasó rápido hace un rato. Parece ser que alguien lo ha hecho mientras vigilaban la orilla. Continúan por la orilla del río durante siete u ocho kilómetros, por una zona que se llama “las terceras”. Es un lugar donde siempre ha habido ganado vacuno debido a que el paso de los barcos inundan las orillas y  permite que aquí siempre haya hierba fresca. En ese preciso momento ven navegando un enorme barco de contenedores que se dirige hacia el puerto de Sevilla —va río arriba, en dirección a Coria. 

—Es curioso —dice Roberto.

—La verdad, parece mentira. Cuánta importancia tiene este río. Imaginaos con una lancha rápida, lo que se tarda en traer la droga por los traficantes —dice Quino.

—Pero más importante es su historia. Recordad que Sevilla fue Capital del reino y el puerto más relevante del momento. Por aquí pasaba todo el oro de América, casi nada —matiza Ignacio.

—¿Es que hay mucho tráfico de drogas por aquí? —pregunta Rocío, dándose cuenta al instante de la impertinencia de su duda.

—Pues no lo sé, pero en los pueblos siempre se escucha que hay detenidos. 

—Mirad, ¿veis esa pequeña embarcación con los soportes a los lados?.

—Sí, ¿aquella que tiene tonos azules? —dice Roberto.

—Sí esa. Esas barquitas son de los anguileros. Actualmente, está prohibida su pesca, pero, algunas, se usan para otras cosas, además de la pesca. Ya os he comentado, en la marisma hay muchos ojos mirando—comenta Quino.

El camino ahora es de tierra y continua en paralelo al río, ya en la provincia de Cádiz. Trebujena está a un paso. 



Paseando por las calles típicas, bajamos por la Corredera de la antigua ciudad Nabrissa o Lebrijah, al final de la misma y antes de llegar a la Plaza de España, se ve la Giraldilla —llamada así por su parecido a la Giralda sevillana—. A los pies de la giraldilla, está la parroquia de la Oliva. Todos los edificios se funden con las casonas y casas de vecinos —donde convivían cinco o seis familias que compartían algunos elementos comunes—. La mayoría con sus casapuertas —se llama así a la zona que hay entre la puerta de la calle y la de entrada al domicilio, también denominado zaguán—. Siguieron calle arriba —calle Condesa de Lebrija— hasta la explanada del Cerro del Castillo, desde donde se puede divisar lo que fue el lago Ligustino —como lo llamaban los romanos y que en la actualidad es la marisma del Bajo Guadalquivir—. La vuelta la hacen por la calle Antonio de Nebrija, pasando por la puerta de la casa del mismo. Un poco más adelante, el monasterio de la Purísima Concepción y bajan por la calle de las Monjas en dirección a la  bodega y abacería de la calle Marines. En esta bodeguita — donde esperan a Inma,  a pesar de ser un lugar al que no suelen acudir las mujeres, si así es, nada ni nadie lo impide, pero no van—, toman un vino blanco llamado “pata negra”. Lo acompañan con unas aceitunas, unos cacahuetes y unos cuantos de altramuces. El ambiente es espléndido. La gente grita y se saludan unos a otros con un elevado tono de voz. Huele a bodega, a uvas pasas, a albero y a vino. 


—”Niño, échame un chorrito y pon algo pa’ picar que estoy esmayao” —dice un señor que ronda los noventa años.

A lo que responde el camarero con malafollá:

—”Cucha, aquí se viene para beber principalmente”.

Ignacio hace de guía gastronómico y sumiller. La ruta guiada —en teoría— termina con la visita a la bodeguita, pero ante la insistencia de los turistas, Ignacio decide reservar para comer en un restaurante. Tiene verdadera preocupación por los incidentes. 


Quino conduce el Nissan Patrol y lo dejan aparcado en una calle contigua a la comisaria.  

—Buenas tardes —dicen al guardia de la entrada. Venimos a entregar un vehículo que sus compañeros…—dice Ignacio, al tiempo de entregar la documentación y la denuncia que le pusieron por la mañana…

—Sí, deme —dice con cara de pocos amigos el agente. Siéntense y esperen. En un momento, les atiende teniente.

Ignacio está tembloroso y Quino aparenta tranquilidad. Sin hablar se miran con preocupación. Pasan más de veinte minutos y aún, nada. Ignacio reflexiona sobre el coste de la excentricidades pasionales y sobre la avaricia y el dinero. Los seres humanos egoístas y la permanente búsqueda de la felicidad en cosas que no tenemos y sin valorar lo real, lo que somos y no valoramos. Recuerda su infancia —sus pesadillas nocturnas—, su juventud —y sus enormes complejos— y su madurez, donde superado lo anterior, surgen vanidades, infidelidades, y otra vez, sí, otra vez: los miedos que gobiernan la humanidad. Su cabeza es como una olla exprés a toda presión.

—¿Ignacio Sánchez? —pregunta un guardia distinto.

—Sí, sí, soy yo —acierta a decir.

—Pase al despacho del teniente. Es esa puerta de la izquierda.

—Pasen y siéntense. Soy el teniente Caro. Necesito sus documentos de identidad. ¿Sabe?. Ignacio está metido en un buen lío. El vehículo, que actualmente es de su propiedad, el pasado mes fue identificado en el lugar de comisión de unos hechos delictivos graves que están siendo investigados en el marco de la operación “Guardería” —organización de tráfico de drogas—. Supongo que saben de qué les hablo.

—Sí, lo he escuchado en los medios de comunicación.

—Al parecer su vehículo ha estado dando apoyo logístico.

—Sí —dice Ignacio—, pero antes de ser de mi propiedad.

—Se equivoca. Ha sido grabado por los dispositivos de vigilancia y por cámaras de seguridad en las carreteras. Tengo que ponerlo a disposición judicial. El juez determinará si entra o no en prisión preventiva.


Ignacio parecía de piedra. Estupefacto. Miró a Quino con incredulidad.

—¿Quino, no tendrás tú nada que ver con esto? —preguntó desesperado.

Quino no responde e Ignacio niega haber participado y pregunta al teniente:

—¿Qué día es el de la grabación?. Mire, yo he estado ingresado en el hospital diez días por un accidente de tráfico.

—La grabación se efectuó el veintinueve de marzo —dice el teniente con seguridad.

—Pues, puedo acreditar que estaba en el hospital. Mi abogado nos traerá toda la documentación.

—¿Quién suele usar el coche además de usted?.

Quino permanece callado, pero el semblante es de auténtico mármol.

—Tengo dos juegos de llaves, uno en mi poder, y el otro se supone que lo custodia este hombre, Joaquín Sarmiento, uno de mis guías turísticos.

A la vista de las declaraciones de Ignacio, ambos detenidos llaman a los abogados que les asistirán en la declaración ante la policía.

—Usted, Joaquín Sarmiento, además estaba en búsqueda por los agentes de grupo especial de investigación de la operación “Guardería”. Queda detenido. Cuando su abogado le asista en la declaración que tiene que hacer aquí y ahora, se le pondrá a disposición judicial.