Él la observaba desde lejos, desde esa distancia infinita de amistades muertas, como quien admira a la diosa Calypso, suspendiendo el tiempo. Fijo en su mirada, sin permitir que el olvido avanzara un solo paso. Guardaba cada minuto, cada segundo en el refugio de su memoria, temeroso de que el tiempo lo robara. Ella, de piel blanca y mirada indiferente, parecía guardar en sus ojos secretos olvidados, arrepentidos momentos como y despreciables regalos. Su cabello caía con gracia sobre sus hombros, como si llevara siempre una sonrisa perfecta, un recuerdo hecho de hilos de oro y horas que él jamás lograría alcanzar. Era, para él, el misterio de otros tiempos, un enigma que se dibujaba y desvanecía a cada paso, siempre lejano. Orgullosa e impía alma. Odiseo había regresado a casa tras años de cautiverio involuntario; fue un largo viaje de desiertos de olvido y mares de indiferencia. Y aunque la historia era distinta, el sentimiento era el mismo: el perfume de Medusa que flotaba...