Ir al contenido principal

¿Sabes tú?.

¿Sabes tú?.
Cuánta agua hay en la fuente de las lágrimas de mi flor perdida?.

Sabes tú ...cuánto dolor en el corazón  de cenizas de un hijo hay?.

Sabes tú...cuán de menos  te echo?.

Sabes tú...cuánto miedo tengo?.

Si,si. Es a ti. La que mira hacía el otro lado. La que me robó el alma. La fe, la alegría del alma mía. La que apagó la vida y se fue sin despedida. 


Dicen que el mundo es un absurdo que da vueltas en el vacío para asombro de sus habitantes...yo ...yo, ya ni forma parte de él. El mío es el inframundo. Condenado a reír en este miserable desierto en el que me habéis dejado. Rueda, él rueda, rueda en mi sobre mi cabeza, sobre mi alma y mi corazón.  El desconcierto, la frágil gota de veneno infeliz cae sin César el el reino de mis lágrimas. 

Rogué de rodillas a dioses, diosas, hadas....


Rogué un poco de piedad en el azote del desconsuelo...nada, no pudo ser. Continúa la indiferencia e incomprensión...la sin razón....eso que llaman amor.

Respiré profundo aire libre y mis entrañas consiguieron fuerzas para seguir padeciendo dolor infinito. Las lágrimas secas siguen brotando por el silencioso  futuro...

Es una pregunta. Ya. Y la mejor respuesta es ...la muerte.


Entradas populares de este blog

LXI

LXI Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará? Cuando la trémula mano tienda próximo a expirar, buscando una mano amiga, ¿quién la estrechará? Cuando la muerte vidríe de mis ojos el cristal, mis párpados aún abiertos, ¿quién los cerrará? Cuando la campana suene (si suena en mi funeral), una oración al oírla, ¿quién murmurará? Cuando mis pálidos restos oprima la tierra ya, sobre la olvidada fosa ¿quién vendrá a llorar? ¿Quién, en fin, al otro día, cuando el sol vuelva a brillar, de que pasé por el mundo, quién se acordará?

SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver

 SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver De su libro de relatos póstumos: Si me necesitas, llámame. Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por nuestro lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, Washington, donde trabajaría todo el verano con idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación...

Ghost, mi viejo amigo

  Ghost, mi viejo amigo El finde pasado quedé con mis colegas porque, sinceramente, ya era hora de soltar la lengua. Ya sabes, con cerveza y chismorreos, de esos que pones a parir a todo dios sin remordimientos.   Los cotilleos y las rubias (cervezas), dicen que los carga el diablo, pero más aún, si es el primer viernes después de las vacaciones. No te imaginas cómo hervían los “filetes” de mis colegas. Yo me quedé para soplar el último . Iba a estallar, pero controlé el fórmula uno de mi vehemencia. Un milagro, te lo juro.   Resulta que Martina, la reina del ligoteo, probó una de esas apps de citas, como las que tú usas (no disimules). Pues parece ser que entre match y match hubo propuestas de café y de gin tonic. Por lo visto tenían mucho que contarse…   Al parecer el tío, un tal Pablo Martos, y Martina tenían mogollón de cosas en común, compartían gustos; lecturas y grupitos de música indie y networking y comidas. La cosa prometía.   Pero lo que no compartier...