Pensé que no existías.
En algún lugar, sin que existan tiempos, ni existan las medidas.
Pensé que no era posible verte jamás en mi vida.
Apareció la música de tu mirada divina, esa sonrisa, ese aire de alegría y vida.
Intesa, suspicaz, capaz de oírse y sentirse sin querer, sin mirar.
Luz brillante, tierna y poesía.
Intangible sonrisa, mirada inteligente, flaqueza la mía.
Nunca es un absurdo observar la armonía, la música de tu caminar....
LXI Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará? Cuando la trémula mano tienda próximo a expirar, buscando una mano amiga, ¿quién la estrechará? Cuando la muerte vidríe de mis ojos el cristal, mis párpados aún abiertos, ¿quién los cerrará? Cuando la campana suene (si suena en mi funeral), una oración al oírla, ¿quién murmurará? Cuando mis pálidos restos oprima la tierra ya, sobre la olvidada fosa ¿quién vendrá a llorar? ¿Quién, en fin, al otro día, cuando el sol vuelva a brillar, de que pasé por el mundo, quién se acordará?