Ni me escuchas ni me ves.
Ni me sientes ni recuerdas.
Ni míseros alientos de vida me das.
Ni recuerdos ni dolor.
Algún día, como flor envenenada: dirás me falta esclavo de amor.
Algún día, con suspiros de cristales rotos dirás: volcán de amapolas y plebeyo de dolor cariñoso, me faltas.
Entonces ya no existiría ni oportunidad de morir, pues sólo tu sabrás el dolor exagerado de querer en silencio eterno, mi silencio, ya que el tuyo se derramó por la distancia.
Orgulloso de haber rechazado tus suplicas de cortesía y saber estar.
Orgulloso de rozar tus manos....
LXI Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará? Cuando la trémula mano tienda próximo a expirar, buscando una mano amiga, ¿quién la estrechará? Cuando la muerte vidríe de mis ojos el cristal, mis párpados aún abiertos, ¿quién los cerrará? Cuando la campana suene (si suena en mi funeral), una oración al oírla, ¿quién murmurará? Cuando mis pálidos restos oprima la tierra ya, sobre la olvidada fosa ¿quién vendrá a llorar? ¿Quién, en fin, al otro día, cuando el sol vuelva a brillar, de que pasé por el mundo, quién se acordará?