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6 La mujer de los ojos de niebla


La vi por primera vez en la estación vacía de San Bernardo, entre el gentío y los trenes que no llegaban.

Y no supe si era real o un sueño de fiebre.

Sus ojos no tenían color.

Tenían niebla.

Una niebla como dulce de algodón. 

Estaba temblorosa, que parecía pedir 

perdón por mirar.


Sus manos blancas como el nácar.

Sus rizos de oro.

No me habló.

Ni siquiera sonrió.


Lo que me quedó claro, es que algo en ella se atrapó, 

como un perfume 

que no se

borra del abrigo.

Desde entonces, cada rostro que buscaba, llevaba el eco del suyo.

Y cada poema que escribí, lo hice pensando en ella.


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