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Sugestionar al conejo

En un rincón el conejo Blanco, mira el reloj. ¡Dios voy a llegar tarde! Sugestiona, sin darse cuenta, su entorno y la belleza de Alicia con todo su ropaje.  —Salir corriendo, no es lo propio, Alicia —dice la Reina Roja—.   —No lo quiero —infirió—.  El sombrerero loco, pensativo, suspira mirando el horizonte creyendo que es cierto y real; ella tiene el doble check azul desactivado. Prefiere su tejemaneje ininteligible y preservar su indiferencia, es como seguir al Benny Bunny. Siete mundos y ninguno es real. Hacer magia y no sacar al conejo, es sugestionar la voluntad de la oruga  Frégoli.

Hoy, es hoy.

  ¿Recuerdas cuando me reincorporé en septiembre que te dije que el verano había volado a pesar de mi caída? Pues, octubre, me sobrevoló sin ser visto. Aunque peor fue noviembre, no solo voló, sino que fue un espejismo, porque yo no lo sentí pasar. Fíjate, ya estamos a uno. Qué locura tía, yo creo que cada mes se me pasa más rápido que el anterior. Mi madre decía “agarra el tiempo y vívelo, que se va volando”. Y oye, si yo tuviera cuerda, los amarraba a mí con un nudo bien apretado. Ahora sí, hay cosas que no se me pasan, por mucho que vuelen. Y las hago mías por mucho que me rechacen. Hay dios, que los buenos momentos se hacen eternos en los corazones limpios y en las mentes alegres. Yo, esos momentos, me los bebo y repito, como las cervezas con mis amigos. Y no contento con eso, yo los siembro para el futuro, aunque este no exista, pero a mí me da luz. Y hoy no estoy, ni voy a estar como cada viernes, aunque suponga que me pierdo un momento de los que tengo amarrado en mi alma. P...

No te quejes, todo puede ser peor

  N o te quejes, todo puede ser peor Desde que nos casamos vivimos en el quinto piso de un edificio viejo. Las tardes de los domingos se habían convertido en una sucesión de momentos bañados por la lentitud. Era el día en que Juan solía visitar a su madre. Lo hacía con más frecuencia que a mí en mi habitación. La soledad, el atardecer, y el ruido parsimonioso de los coches hacían que la ciudad tuviera tonos de color sepia, con mi taza de té verde veía pasar la tarde.  Un domingo, mientras estaba sola, la puerta del buzón rechinó. Normalmente, ni el correo ni los repartidores llegan los domingos. Lo abrí y había una carta sin remitente. Dentro había una hoja de papel amarillenta en la que ponía: “No te quejes, que todo puede ser peor”. Estaba escrita con Time New Roma. Me quedé con la hoja en mis manos. Volví al sofá y seguí visualizando la avenida, los coches y los transeúntes, todos empezaban a desaparecer. El sol comenzaba a esconderse y la ciudad cada vez más callada, las...

SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver

 SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver De su libro de relatos póstumos: Si me necesitas, llámame. Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por nuestro lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, Washington, donde trabajaría todo el verano con idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación...

EL BUEN SOLTERÓN

  EL BUEN SOLTERÓN. Sales de tu casa, muy temprano, tempranísimo —a las cinco y cuarenta y cinco—, un día del mes de noviembre que te envuelve en un abrazo frío por las calles desiertas. Acabas de cumplir más de sesenta noviembres. El aire es gélido, sabes que hace frío, pero, te empeñas en hacerte el héroe fingiendo como un cosaco por no llevar camiseta de algodón. A lo lejos, el bar de esquina, el café te espera, como un faro de calidez en medio de la penumbra. Tomas café y mientras fumas tu segundo cigarrillo, te invaden los pensamientos y te sientes un personaje de una película en blanco y negro, como la que viste anoche y que terminó pasada las doce. Te despierta de un golpe el vecino que ya viene de comprar el pan. El tipo no te cae bien y hoy, se ha ganado otra medalla para ser más imbécil aún. Pero el golpe te ha servido para continuar y despertar de tus fantasías. Vas por la acera, sigues pensativo. Ahora tienes frío, y vas al coche y te pones tu chaquetón que te abriga lo...