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Se lo repetido desde siempre.

Se lo he repetido desde siempre, como un eco gastado. Qué pesadez. ¿Pero me ha visto? Estoy segura de que me ha mirado. Sus ojos se han clavado en los míos como si quisiera dejarme sus recuerdos. Me pellizco, pero no siento dolor. No sé si realmente me ha visto, aunque quiero creer que sí. Y yo voy y lo intento olvidar con esfuerzo consciente. Como si pudiera hacerlo desaparecer.. Los dos lo sabemos. Pero no lo reconozco, me niego y lo martirizo con indiferencia. Sin respuesta. Se lo he repetido desde siempre. Qué pesadez. Me siento a su lado, por lastima, creo, y le hablo sin palabras. Cuando dice algo, no lo escucho, sigo mirando para otro lado. No existe. Pero me suenan sus recuerdos. Me excito. Se lo he repetido desde siempre. Qué pesadez. Aunque todos lo queremos y lo buscamos cuando el ajetreo de la vida nos arrolla. Qué gracioso es, dicen. Ven, cuéntanos una gracia. Voy, me siento a su lado y le hablo sin palabras. Su cacharrería mental  nos acompaña. Siento más indiferencia...

La memoria de tu olvido.

  La memoria de tu olvido El eco del concierto de aquella noche se desvanecía, dejando un silencio que amplificaba el peso de la carta. La luz amarillenta de la lámpara del hotel dibuja sombras grotescas en las paredes. Sentado al borde de la cama, sostiene la carta sin abrir, como si se quemara. Mira de soslayo por el ventanal,  la ciudad brilla bajo un laberinto infinito de luces difusas.  Sus dedos tiemblan, su mente divaga y lo arrastra al recuerdo de aquel fatídico portazo. Los gritos estallaron en la casa. Tenía los puños tan apretados que sus uñas parecían garras clavadas en la piel. Cada palabra de su padre era un clavo oxidado perforando el cráneo. —Mientras vivas aquí, harás lo que yo diga. Eres menor. —Su voz tronó como la de un militar cabreado. Sus ojos echaban chispas. Sus manos enormes daban miedo. No había margen para otra respuesta: gritar o huir. —Soy libre. No soy vuestra propiedad. Sé cuidarme. No os necesito. Esta casa es una puta cárcel —escupió al s...

El refugio y la memoria

No me importa. No me importa. No el tiempo ni la distancia. No, no me importa ni preocupa. Mi alma vacía se llena de ti cuando te recuerdo. Se llena espontánea y fugazmente de tu olor, de tus manos de terciopelo, de tu vida rocosa, pero amable y tranquila y dulce. ¿Fué feliz?, me pregunto mi eco. Indudable y rápida respuesta. Fué frío aliento de dolor e impotencia. Allí nunca habtitó flor en fértil tierra. Allí el olor suave de amor y comprensión serena, nunca germinó. Allí, sólo hubo obediencia, silencio y remordimientos de libertad perdida. Cuando se nos iba a la eternidad, en esos fríos días de marzo, se atrevió a gritar y romper ataduras invisibles, se atrevió a maldecir, a llorar y arrojar semillas sin germinar. Se atrevió a maldecir al jardín, al huérfano y bonito jardín. Hoy sin jardín, el jardinero se lamenta. Llora el tiempo, las semillas rotas y vacías. Hoy el dolor y las malas hierva han florecido. Hoy, estamos muertos y vivos. Hoy eres nuestra alma y recuerdo.

La Pandora de Calypso

  Él la observaba desde lejos, desde esa distancia infinita de amistades muertas, como quien admira a la diosa Calypso, suspendiendo el tiempo. Fijo en su mirada, sin permitir que el olvido avanzara un solo paso. Guardaba cada minuto, cada segundo en el refugio de su memoria, temeroso de que el tiempo lo robara. Ella, de piel blanca y mirada indiferente, parecía guardar en sus ojos secretos olvidados, arrepentidos momentos como y despreciables regalos. Su cabello caía con gracia sobre sus hombros, como si llevara siempre una sonrisa perfecta, un recuerdo hecho de hilos de oro y horas que él jamás lograría alcanzar. Era, para él, el misterio de otros tiempos, un enigma que se dibujaba y desvanecía a cada paso, siempre lejano. Orgullosa e impía alma.  Odiseo había regresado a casa tras años de cautiverio involuntario; fue un largo viaje de desiertos de olvido y mares de indiferencia. Y aunque la historia era distinta, el sentimiento era el mismo: el perfume de Medusa que flotaba...

Aplastamiento de las gotas

  “Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas, inocentes gotas. Adiós, gotas. Adiós”. Julio Cortázar