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Resfriado de junio

  Resfriado en junio Me he resfriado. Sí, sí, ahora en verano. Qué torpe soy. Sé que esto te da igual, pero espera, que te voy a dar un cons...

lunes, 21 de agosto de 2023

Marisma de cine

   Marisma de cine


Quino, al que llama el ferretero, es guía turístico —y licenciado en historia del arte—, recoge a Marina, Rocío y Roberto en la estación de tren que está situada a las afueras del pueblo. Quino recibió el encargo de Ignacio, que además de funcionario, es uno de los dueños de una empresa de gestión de turismo local.  Eran sobre las once de la mañana de un sábado trece de abril. En la marisma del Bajo Guadalquivir, en esa época del año, de momento, solo de momento, no hace mucho calor y ni hay muchos mosquitos, ni moscas, entre otros bichos típicos, que son más abundantes en mayo o junio. En principio, el día para hacer la visita, era óptimo, pero la marisma nunca se sabe, a menudo depara sorpresas. La fecha elegida evitará, casi con seguridad, que los turistas de cine, sufran el calvario, también conocido los “marismeños” y al que llaman los mosquitos “orejeros” —más pequeños y con una picadura más fuerte—. Estos orejeros son una especie de mosquito “diurno” y son una verdadera tortura, son infinitos y a esa tortura nunca se acostumbran los lugareños, sus zumbidos son como un molinillo de café a las seis de la mañana. (“Los orejeros no llegan hasta junio”)


La empresa de turismo de Ignacio les organizó la ruta turística por la zona donde se grabó la película “La Isla Mínima”. Su idea es vender el producto a los amantes del cine.  Roberto, Rocío y Marina, son compañeros de trabajo de Ignacio y muy aficionados al cine —hoy son turista de cine—. Todos los turistas de hoy están casados y felices en su matrimonio, como si todo el monte fuese orégano o una autopista sin peaje, y puede ser, puede ser, a pesar de que Ignacio sabe que Rocío ha sido infiel, al menos en dos ocasiones —el matrimonio monógamo, la institución jurídica y religiosa de convivencia inquebrantable. Pero, los compañeros de trabajo, ya se sabe, tantas horas juntos crea roce y amistad, entre otras cosas. Todos tienen mucho interés en conocer la zona donde se grabó una de sus películas favoritas, además Ignacio, que se crio en la zona, tenía mucho interés en que prospere el turismo local, y esta película es una oportunidad de publicitar su tierra y no quiere desaprovecharla.


Quino, el ferretero e Ignacio, el explorador, se ha criado en la zona y conoce perfectamente cada palmo, el lugar del rodaje. Ambos les van a enseñar el “plató natural”  de la película. Pero al mismo tiempo, su tierra, su tierra de salitre y armajos, esa que le vio crecer y de la que están muy orgullosos.


 Comenzaron el recorrido, con un todoterreno Nissan Patrol —propiedad de Ignacio—, con veinte años de marisma y con más kilómetros que un camión de reparto de cruzcampo. Al poco tiempo, pasaron por la balsa de Melendo —la zona de la balsa se reforestó con plantas autóctonas como adelfa, retama, taraje, pino carrasco, algarrobo, lentisco, acebuche y chopo, lo que unido al suelo impermeable crea una lámina de agua y un ambiente muy favorable para la presencia de especies de aves. Pasados unos kilómetros cruzaron por el cortijo de Merlina en dirección a Marismillas, Vetaherrado y San Leandro —pueblos de colonización que se hicieron, en su mayoría, con la dictadura de Franco (“el tito Paco”) y que fruto de este proceso convirtió muchas tierras de secano en regadío y al mismo tiempo hizo ricos a algunos que ya lo eran—. El camino de tierra, que va entre los muros —elevaciones de tierra que separa el Sector B XII del Sector A XII—y en paralelo al canal de los presos, los lleva a la antigua factoría de envasado de arroz llamada “Cotemsa”. En ella se envasaba Arroz Rocío y Arroz Brillante —ya en desuso por efecto del capitalismo que hace más económico procesarlo en otro lugar—. El trayecto discurre por una inmensa zona llana que por su cercanía al río y al mar tiene algunos acuíferos con aves. También los campos de arroz contribuyen a mantener este ecosistema —el cultivo del arroz en la zona lo introdujeron los árabes en el siglo VIII— facilitan y crean un hábitat ideal para las aves acuáticas que vienen y van a Doñana, como los domingueros a las playas de Cádiz por la autopista. Esta marisma fue, en época tartésica, un lago de agua dulce del que surgieron las tres islas de la comarca: Isla mayor, Isla menor y la llamada Isleta o Isla Mínima. 

Cotemsa —que además de ser una factoría de envasados; era un poblado con cantina, Iglesia y casas— el ferretero hizo la primera parada y puso a prueba a los “turistas de cine”. “¿Serán capaces de reconocer qué escena de la película se rodó allí?”. Quino, el ferretero e Ignacio, saben y reconocen cada toma de la película y el sitio exacto de su rodaje.

 

—Fácil —gritan Marina y Rocío al mismo tiempo— Ahí, a la derecha, estaba la feria, los cacharritos y los puestos —comenta Rocío.

—¿Seguro? —dice Roberto antes que Quino abra la boca—. 

—Sí —refiere Ignacio con certeza— Es una de las primeras escenas de la película. Por eso he accedido por aquí, para que vierais el plano tal y como está rodado.

 Se pararon justo en la explanada que hacía las veces de plaza del poblado. Todo es fantasmagórico, como un pueblo desolado y habitado por vampiros. La iglesia está en el centro —su puertas están tapiadas, para evitar, seguramente, el expolio—. Durante un tiempo fue parada en la peregrinación a la Virgen del Rocío. La cantina, donde se gastaban el jornal los trabajadores explotados de la factoría , está junto a la carretera. El poblado contenía todos los elementos para la vida moderna capitalista: era el lugar de trabajo, de descansar, de dormir, soñar y de volver a trabajar. Nada de olvidarse de la producción, eso no, eso no. Todas la facilidades que se pueden tener para los trabajadores al servicio del capitalismo para que estén contentos.

—Qué curioso, no se parece mucho. En la película parece más grande —dijo Marina—. Nunca me lo imaginé así. —mirando al frente, al mismo tiempo observa el movimiento que, con las manos, que hace Quino mientras explica cada detalle del poblado y de la gente que vivió allí.

Mientras Quino explicaba a los turistas, Ignacio no quitaba ojo a Marina. Recuerda la última vez que se liaron, y esa situación le excitaba hasta el extremo de acercarse a ella, fingiendo ser amable para rozarla con cualquier escusa, como se roza el gato de una venta, una y otra vez. Sabe que a ella le va el juego. Ella le susurró —alejándose un poco de todos—; “te tengo ganas, canalla”. 

Ignacio —disimuladamente— hizo las veces de guía particular de Marina para enseñarle la parte trasera de poblado —lo que era el colegio—. Marina besa a Ignacio como si fueran a morir mañana. A través de la ventana de lo que fue la secretaria del mismo, ven al resto de turistas y de pronto, escucharon un ruido extraño.

  —¿Cabrón, qué haces aquí? —grita quién parece ser un indigente—, ¿no te da vergüenza?, tu mujer no se merece lo que acabo de ver. 

—Tranquilo —con las manos abiertas y un hilo de voz, dice Ignacio. 

El botas —como le llaman en el pueblo— es un enganchado a las drogas y a los robos a pequeña escala —como dicen en la zona, un chatarrero de aluminio—. Un marginado conocido por todos por haber estado muchas veces encarcelado. El botas, saca una navaja y amenaza a Ignacio —en la marisma, todos llevan navaja—. Se sabe que no es peligroso, pero tampoco un tío de fiar. Es un chivato y vende sus chivatazos al mejor postor. Ignacio sabe que ha estado al servicio de los traficantes de la zona.

—No te muevas o te mato —grita desesperado y asustado—. ¿Cómo me has descubierto?.

—Sabes que soy guía de turismo del pueblo. Estamos haciendo una visita por la zona donde se rodó la película “La isla mínima”. No tenía ni idea que estabas aquí.

—Joder. ¿Viene más gente con vosotros? —susurra “El botas” al explorador.

—Tío, tranquilo, nos vamos y no decimos ni pío. De verdad, no te hemos visto, ¿verdad Marina?

—Por supuesto —con voz temblorosa y con la excitación arrancada de raíz como una mala yerba en un algodonal.

—Dame el dinero que llevas encima.

El explorador le da doscientos euros que lleva. El botas los coges con ansiedad —los ojos se le ponen como paelleras. 

—Además, a lo más mínimo, me chivo. Vale —dice el enganchao—, pero esto no es suficiente. Como llames a la policía o te chives a alguien, diré todo lo que sé que me ha contado un “pajarito” —Marina se queda quieta y muy asombrada—. “¿Qué pasa aquí?” —piensa con el calentón cortado.

Ambos salen de su fallido y arriesgado periplo “amoroso” con la cara descompuesta. Los que estaban fuera, quieren ver el interior de la escuela, pero Ignacio, pálido, sugiere irse de allí y dijo:

—No, no, por Dios, dentro hay olores muy desagradables, está todo patas arriba y hay escombros y basura. Propongo seguir viendo el resto del pueblo.

Todos asienten, pero Quino, duda, y duda bastante y con asombro. Sabe que es extraño. Continúan visitando lo que queda de poblado, Ignacio toma la iniciativa de las explicaciones. 

—Chicos —dice intentando olvidar al botas y la excitación con Marina— esto es Cotemsa. Como veis, un pueblo pequeñito y pocas cosas más que explicar. Ya sabéis, esto era la factoría, cantina y casas. Pocas casas, seis o siete familias. Ahora, un escenario fantasma convertido en turismo de cine

A Ignacio le emociona aquel sitio, él vivió allí durante años —aún le suena las torvas limpiando la cáscara del arroz—. Su padre fue trabajador de la factoría y aquel colegio fue su colegio hasta los doce años. Es donde creció y del que forma parte. Se siente protagonista y orgulloso. Dan un rodeo entre las naves ruinosas, buscando el Patrol. Solo se escucha el viento y las pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo y de factoría. 


(“Niños, venid a por el pan con aceite. Es la hora de la merienda”)


Sobre su fachada, muy escalichada, hay un letrero —borroso por el paso del tiempo—, que pone: “Rocío” con las letras blancas sobre fondo rojo. Y continúa explicando Ignacio:

—En Cotemsa se grabaron varias escenas; la de la feria, la visita a la señora que alquila la casa, el colegio donde entrevistan a las amigas de las niñas y el bar donde los protagonistas toman una copa.

Vuelven al Nissan Patrol y continúan en paralelo a las canaletas de riego. Al otro lado surge el canal de los presos —de los trabajos forzados y mudo testigo de la represión— que aún huele a hormigón sucio, a sudor de presos, a dictadura y a condenas políticas y a odio.

 —Esta zona es el “pre”parque de Doñana —comenta Ignacio. La toma que desde el cielo hace Alberto Rodríguez, es espectacular, maravillosa. Desde la avioneta, si se traslada a una escala menor, es como ver las ramas de un árbol o incluso a los nervios de una hoja. O sin ir tan lejos, las venas de nuestro cuerpo tiene estructuras parecidas.

—Es impresionante y precioso—afirma atento Roberto.

Marina se tranquilizó. Pero necesitaba hablar con Ignacio. Se le repiten, como el ajo, las palabras de “El botas”. Tampoco es de las que tienen miedo a las cosas, pero, sabe que Ignacio es de los que se comen la cabeza con facilidad. Sabía que estaba nervioso porque apareció el tic en el ojo derecho.

Por las ventanillas del todoterreno entraba un profundo olor a salitre, a fango, a humedad y yerba, en definitiva olía a Marisma. Ignacio tiene buscar la ocasión para hablar con Marina, pero de forma repentina, el Nissan Patrol, pincha la rueda delantera, con lo que la parada se convierte en una obligación.

—Quino, saca la rueda de repuesto del maletero —vocifera Ignacio mientras se sujeta a la puerta —con desesperación y nerviosismo.

—Voy —responde a toda velocidad.

Quino empieza a quitar los tornillos, cuando, de repente, se da cuenta de que no está la llave maestra para aflojar el tornillo de seguridad o antirrobo. Ignacio no hace ni el intento de hablar con Marina, demasiado ocupado en la avería. Una banda de mosquitos orejeros aparecen. 

—Joder, ¿y ahora que vamos a hacer? —grita desesperado, Ignacio.

—Podemos llamar a la grúa —vacila Quino.

—La grúa no presta asistencia en medio de la marisma. Tendremos que buscar otra solución, listo, que eres un listo —reprocha Ignacio con cara de pocos amigos. ¿Has mirado bien en la caja de herramientas?.

—Sí, sí que he mirado.

Ignacio no tiene en cuenta la respuesta y vuelve a mirar. Es cierto, no está la llave. Pero observa que tiene una caja de multiusos Stanley; todo tipo de brocas y una carraca con diez accesorios…

—Anda, prueba con esto —enseñando la caja a Quino— a ver si alguna de ella funciona. 

Y efectivamente, a pesar de la torpeza de Quino, hay una broca que le ayudó a quitar el tornillo de seguridad de la rueda. Los turistas de cine, atónitos, miraban al dúo de amigos. No entendían sus vaivenes y su palabrería —inusual en su contexto cosmopolita.

Cerca de donde tuvieron la avería, hay un colector y un puente, justo al lado, unas compuertas de color amarillo chillón —que a lo lejos—parecen un desfile de Minions. Se para, porque la vista del río es preciosa. Ignacio aprovecha, mientras los demás hacen fotos, para acercarse de nuevo a Marina y aclararle que no hay problemas con lo sucedido en Cotemsa.

—Conozco bien a ese desgraciado. Desde siempre me ha tenido envidia y nunca toleró que me fueran bien las cosas, a pesar de que su padre era el rico del pueblo y lo tenía todo. Pero ahora todo ha cambiado, y trabaja para nosotros y por una raya de coca, es capaz de vender a su padre.

—Vale, sé que conoces bien a ese tío. Y eso que dices, me preocupa. ¿Y si alguien le da para quitarse el mono y te delata?. No me preocupa, lo tengo todo controlado —dice mientras disimulan que están viendo con unos prismáticos de Amazon, modelo prismas— unas aves al otro margen del río, pero muy juntos, tanto que se roban el aliento. (“Otra vez el gato de la venta”)

Mientras Ignacio y Marina, observan con los prismáticos, Quino y los demás hacen fotos. El ferretero explica las características de la vegetación natural, una vegetación tan vasta que ni siquiera sirve para alimentar los animales. 

Reanudaron la marcha, en dirección a El Trobal, Maribañez y Sacramento. A un lado, se ven los secaderos de arroz junto a las naves donde guardan la maquinaria agrícola y al margen izquierdo, los campos de algodón, remolacha y trigo. 

Cuando cruzan el poblado de San Leandro, se respira un intenso olor  a hierba. Esta vez esa hierba no es de las cunetas ni de los campos, sino de los patios de las casas. Aquí, en la comarca, alguna gente han desarrollado otras formas de obtener ingresos ante jornales no dan para mucho. La mecanización y la falta de alternativas de desarrollo, los ha avocado a cultivo de “hierba”. Esto y la cercanía a la desembocadura del Guadalquivir, junto a red de vigilancia y transporte fácil, por la llanura del terreno y los muchos carriles —que parecen todos iguales a los forasteros—, hacen que el negocio sea exitoso. Sanlúcar está a un paso y río es una autopista para las organizaciones de traficantes. Los miniproductores —cualquier vecino jubilado con trescientos euros de paga o cualquier joven de veinte años en desempleo y sin prestación, por ejemplo— venden a los cabecillas su producción y aquí empieza el comercio a gran escala. 

Vuelven a parar. Esta vez en la venta de “El Santero” que está en la carretera de “práctico”para el coche y les invita a dar un paseo junto al río, para después tomar un algo en la venta, que por supuesto tiene pocos lujos. Cuando entran los turistas en el local, todos los presente callan como si estuvieran en misa. Todos responden al unísono con un; “buenos días”. Rocío observa que Marina está nerviosa, pero no se atreve a preguntar —casi todos en la oficina saben lo bien que se lleva con Ignacio. 

Quino les comentan que en aquella zona es donde se rodó la escena en la que encontraron los cuerpos de las niñas.

—A un lado del camino, un cuerpo,  y justo en la otra parte del carril, el otro —dijo Roberto.

Mientras están en el ventorrillo, los agricultores que estaban —una vez roto el lapso de intimidad producida por los turistas— comentan que la noche anterior hubo un robo entre traficantes y que la policía anda buscando a gente. 

—Parece ser que hubo redada y controles en varias carreteras de acceso al río. —dijo el de la gorra de cuadros.

—Sí, al parecer hay gente escondida en el río y en los barracones —comentó el camarero con pinta de chismorrón —y continuó diciendo—: aquí por las noches esto parece “una feria”. Hay luces por todos sitios.

—Hombre, contesta el otro, también hay gente que va a regar los campos y a trabajar, no seáis tan mal pensados.

—Habrá de todo —sentenció el camarero.

En ese instante pasa un coche, tipo ranchera, a toda velocidad. El polvo que levanta, deja un rastro visible a kilómetros. Quino se percató que el coche llevaba un logotipo con un dibujo, que quiso parecerle un grajo con un anagrama que no pudo leer. Quino levantó las manos en señal de protesta. 

—Cabrón —gritó Quino.

—No conozco ese anagrama. Quino, ¿te suena a ti?. Es como un cuervo —sugiere Ignacio. 

—No, ni idea. 

Los demás turistas tienen la sensación de estar viendo algo extraordinario. 

El resto de gente que está en la venta, callaron. “En boca callada no entran moscas”, ni generen sospechas…

Antes de reemprender la marcha, aparecen dos coches de la Policía.

—Buenos días. Por favor, saquen todos su documento de identidad. ¿Quién es el propietario del Nissan Patrol?.

—Es mío —dice Ignacio. 

—Por favor, la documentación.

Ignacio sale y lo acompaña uno de los policías que entraron. Se dirigen al Nissan. Sacó la documentación. Dos agentes comprueban la documentación de todos los que estaban en ese momento en la venta. Los turistas manifiestan que están de excursión y que la han contratado a través de la empresa de Ignacio. Todos acreditan esta circunstancia y el pago. Los policías asienten y les devuelven la documentación. Tenemos que esperar a que el compañero haga unas comprobaciones. Podrán continuar su visita a la marisma.

—Aquí tiene usted.

—Gracias, voy a verificar algunos datos —comenta.

El guardia se aleja y me mete en el coche patrulla. Allí está durante  más de diez minutos. Vuelve y…

—Sabe usted que este coche está fichado. Esta matrícula ha participado en una operación ilegal. Tenemos orden de inmovilizar el vehículo. Usted tiene que dar respuestas a algunas dudas que tenemos.

—Eso es imposible —defiende Ignacio—. El coche lo he comprado usado. Yo solo llevo un mes con él. Por favor, estamos trabajando con estos turistas, consulte la fecha, seguro que es anterior a mí comprar, por favor teniente, por favor… Mire, aquí tengo una copia del contrato. 

—Déjeme ver. Está bien, preguntaré a la central y a ver que ordena el jefe. Espérese un momento.

El Policía que habla con Ignacio se va al coche patrulla y consulta con la central y sus jefes. Al rato vuelve. 

—Es cierto, hemos consultado la base de datos. El coche está a su nombre desde hace doce días. Pero también es cierto que se ha cometido un acto delictivo con él antes de esa fecha.

—¿Algún accidente de tráfico?. —pregunta desesperado Ignacio.

—No es algo que usted tenga que saber. Dada las circunstancias, le vamos a permitir que tenga el coche y termine su trabajo, pero en el plazo de veinticuatro horas tiene que presentarlo en la comandancia. 

—Perfecto, así lo haré, no se preocupe. Gracias.

—Nos hemos librado de “cagalastima” de un buen lío —dice Quino.

—”Noniná” —dios mío.

Ignacio paga la cuenta y se despiden de los agricultores y del camarero. Todos los se quedaron asombrados por el incidente, los lugareños, no, ellos no —como en el lejano oeste—, allí la ley, no es únicamente la del ordenamiento jurídico. Allí es frecuente que haya registros y redadas, tiroteos nocturnos y ajuste de cuenta entre bandas. Bandas que reclutan a agricultores y jornaleros, para vigilar y actuar rápido en las descargas de fardos. Las mafias, esas sí, sí que aprovechan las circunstancias personales y políticas de los habitantes de la zona y los exprimen como un limón en una barbacoa.

—Si os fijáis, esta es la zona típica de marisma —comenta Ignacio aún alterado por el incidente.

—Quino, ¿cómo se llaman estos arbustos? —señalando un armajo — dice Roberto.  

—Esos son armajos o armaos y pueden vivir en agua con alta salinidad. Esas que están en el canal, son juncos y carrizos. Las aves que acaban de salir a medio vuelo, son polluelas y aquellas que se ven al final, espulgabueyes o garzas blancas.

El sol está en todo lo alto y aprieta el calor.  Ha pasado más de dos horas. Continúan con la marcha en paralelo al río. Llegan por la llamada carretera de “plástico” que pasa por “el rincón del prado”. Es este,  un lugar atípico, es como un oasis donde hay árboles; algunos eucaliptos, olivos e higueras. Ahí anidan las águilas pescadoras y los aguiluchos laguneros —dijo el guía—.  Son las ruinas de un antiguo cortijo llamado “Merlina”. El coto Doñana, está en la otra orilla.

—Qué nombre tan curioso y llamativo —dijo Marina.

—Sí, me recuerda a la niña de la Familia Adams —comentó Roberto.

Vuelve a hacer una parada. Las vistas son espectaculares. Hay una gran explanada. Dejan el coche visible y cerrado. Ignacio sugiere dar un paseo y aprovechar para hacer las necesidades. A unos quinientos metros hay un pequeño poblado, también abandonado, que se llama “La Señuela”.  Estuvo habitado, en los años ochenta, por los ganaderos de la zona. Actualmente, sirve de merendero.

 Ignacio se va a la orilla del río. Está reflexivo, pensativo. Marina se acercó y se sentó junto a él.

—No te apetece conocer el poblado y la casa del guarda, son preciosas ruinas—dice Ignacio.

—No, prefiero compartir las vistas del río contigo. 

Ella le coge la mano y, tras comprobar que los demás están lejos, le da un beso y le dice al oído:

—Me apetecía estar contigo. Tranquilo, lo del coche no tiene nada que ver contigo. Y el fulano que vimos en Cotemsa, seguro que en un charlatán sin peligro. Un drogata que nada tiene que hacer —consuelo de Marina.

—Y nosotros, ¿qué somos? —pregunta Ignacio.

—Ni idea, pero si pudiera te iba a decir que es lo que me apetece hacer ahora…

—Ni se te ocurra, por dios Marina.

—Déjame un poco, anda.

De pronto escuchan gente hablar. Una familia que viene a pasar el día en el río —es más frecuente que lo hagan los domingos, pero la cercanía del pueblo facilita las visitas.

—Marina, por favor, son gente del pueblo. Conocen a mi familia —suplica nervioso Ignacio.

Ignacio saluda a la familia de “domingueros” y llama a Quino.

—”Quino, es tarde, tenemos aún un buen rato hasta llegar al pueblo. Veníos ya” —dice Ignacio por teléfono.

—”Sí, en diez minutos estamos en el coche”.

Marina, que había escuchado la conversación, vuelve a la carga. Están dentro del coche, vuelve a besar a Ignacio.

—Marina, por favor… Nos va a ver. 

—Tu calla y avisa cuando los escuches…

Roberto, Rocío y Quino se habían dirigido hacia la antigua casa del guarda —a unos doscientos metros. 

—Mirad por esta ventana —sugiere Marina.

El plano desde la distancia es precioso. Se veía el río y al fondo el horizonte  casi infinito y totalmente plano.

—Como uno de los cuadros de Dalí a su hermana, el que se llama “Figura en una finestra”—comenta Rocío a Marina—. No te muevas, te hago una foto.

En las paredes, que aún están en pie, hay un grafiti donde se puede leer “Nunca MÁS” dentro de un corazón atravesando por una fecha y un cuervo encima que está picoteando las letras. Quino cree, que puede ser donde el lugar donde torturaron y violaron a las niñas y que fue un hecho real… Quino, que es historiador del arte y muy aficionado a la ciencia oculta, siente una extraña premonición. Ese grafiti se le clava en el pecho.  Quino lo relaciona con el dibujo del coche que pasó rápido hace un rato. Parece ser que alguien lo ha hecho mientras vigilaban la orilla. Continúan por la orilla del río durante siete u ocho kilómetros, por una zona que se llama “las terceras”. Es un lugar donde siempre ha habido ganado vacuno debido a que el paso de los barcos inundan las orillas y  permite que aquí siempre haya hierba fresca. En ese preciso momento ven navegando un enorme barco de contenedores que se dirige hacia el puerto de Sevilla —va río arriba, en dirección a Coria. 

—Es curioso —dice Roberto.

—La verdad, parece mentira. Cuánta importancia tiene este río. Imaginaos con una lancha rápida, lo que se tarda en traer la droga por los traficantes —dice Quino.

—Pero más importante es su historia. Recordad que Sevilla fue Capital del reino y el puerto más relevante del momento. Por aquí pasaba todo el oro de América, casi nada —matiza Ignacio.

—¿Es que hay mucho tráfico de drogas por aquí? —pregunta Rocío, dándose cuenta al instante de la impertinencia de su duda.

—Pues no lo sé, pero en los pueblos siempre se escucha que hay detenidos. 

—Mirad, ¿veis esa pequeña embarcación con los soportes a los lados?.

—Sí, ¿aquella que tiene tonos azules? —dice Roberto.

—Sí esa. Esas barquitas son de los anguileros. Actualmente, está prohibida su pesca, pero, algunas, se usan para otras cosas, además de la pesca. Ya os he comentado, en la marisma hay muchos ojos mirando—comenta Quino.

El camino ahora es de tierra y continua en paralelo al río, ya en la provincia de Cádiz. Trebujena está a un paso. 



Paseando por las calles típicas, bajamos por la Corredera de la antigua ciudad Nabrissa o Lebrijah, al final de la misma y antes de llegar a la Plaza de España, se ve la Giraldilla —llamada así por su parecido a la Giralda sevillana—. A los pies de la giraldilla, está la parroquia de la Oliva. Todos los edificios se funden con las casonas y casas de vecinos —donde convivían cinco o seis familias que compartían algunos elementos comunes—. La mayoría con sus casapuertas —se llama así a la zona que hay entre la puerta de la calle y la de entrada al domicilio, también denominado zaguán—. Siguieron calle arriba —calle Condesa de Lebrija— hasta la explanada del Cerro del Castillo, desde donde se puede divisar lo que fue el lago Ligustino —como lo llamaban los romanos y que en la actualidad es la marisma del Bajo Guadalquivir—. La vuelta la hacen por la calle Antonio de Nebrija, pasando por la puerta de la casa del mismo. Un poco más adelante, el monasterio de la Purísima Concepción y bajan por la calle de las Monjas en dirección a la  bodega y abacería de la calle Marines. En esta bodeguita — donde esperan a Inma,  a pesar de ser un lugar al que no suelen acudir las mujeres, si así es, nada ni nadie lo impide, pero no van—, toman un vino blanco llamado “pata negra”. Lo acompañan con unas aceitunas, unos cacahuetes y unos cuantos de altramuces. El ambiente es espléndido. La gente grita y se saludan unos a otros con un elevado tono de voz. Huele a bodega, a uvas pasas, a albero y a vino. 


—”Niño, échame un chorrito y pon algo pa’ picar que estoy esmayao” —dice un señor que ronda los noventa años.

A lo que responde el camarero con malafollá:

—”Cucha, aquí se viene para beber principalmente”.

Ignacio hace de guía gastronómico y sumiller. La ruta guiada —en teoría— termina con la visita a la bodeguita, pero ante la insistencia de los turistas, Ignacio decide reservar para comer en un restaurante. Tiene verdadera preocupación por los incidentes. 


Quino conduce el Nissan Patrol y lo dejan aparcado en una calle contigua a la comisaria.  

—Buenas tardes —dicen al guardia de la entrada. Venimos a entregar un vehículo que sus compañeros…—dice Ignacio, al tiempo de entregar la documentación y la denuncia que le pusieron por la mañana…

—Sí, deme —dice con cara de pocos amigos el agente. Siéntense y esperen. En un momento, les atiende teniente.

Ignacio está tembloroso y Quino aparenta tranquilidad. Sin hablar se miran con preocupación. Pasan más de veinte minutos y aún, nada. Ignacio reflexiona sobre el coste de la excentricidades pasionales y sobre la avaricia y el dinero. Los seres humanos egoístas y la permanente búsqueda de la felicidad en cosas que no tenemos y sin valorar lo real, lo que somos y no valoramos. Recuerda su infancia —sus pesadillas nocturnas—, su juventud —y sus enormes complejos— y su madurez, donde superado lo anterior, surgen vanidades, infidelidades, y otra vez, sí, otra vez: los miedos que gobiernan la humanidad. Su cabeza es como una olla exprés a toda presión.

—¿Ignacio Sánchez? —pregunta un guardia distinto.

—Sí, sí, soy yo —acierta a decir.

—Pase al despacho del teniente. Es esa puerta de la izquierda.

—Pasen y siéntense. Soy el teniente Caro. Necesito sus documentos de identidad. ¿Sabe?. Ignacio está metido en un buen lío. El vehículo, que actualmente es de su propiedad, el pasado mes fue identificado en el lugar de comisión de unos hechos delictivos graves que están siendo investigados en el marco de la operación “Guardería” —organización de tráfico de drogas—. Supongo que saben de qué les hablo.

—Sí, lo he escuchado en los medios de comunicación.

—Al parecer su vehículo ha estado dando apoyo logístico.

—Sí —dice Ignacio—, pero antes de ser de mi propiedad.

—Se equivoca. Ha sido grabado por los dispositivos de vigilancia y por cámaras de seguridad en las carreteras. Tengo que ponerlo a disposición judicial. El juez determinará si entra o no en prisión preventiva.


Ignacio parecía de piedra. Estupefacto. Miró a Quino con incredulidad.

—¿Quino, no tendrás tú nada que ver con esto? —preguntó desesperado.

Quino no responde e Ignacio niega haber participado y pregunta al teniente:

—¿Qué día es el de la grabación?. Mire, yo he estado ingresado en el hospital diez días por un accidente de tráfico.

—La grabación se efectuó el veintinueve de marzo —dice el teniente con seguridad.

—Pues, puedo acreditar que estaba en el hospital. Mi abogado nos traerá toda la documentación.

—¿Quién suele usar el coche además de usted?.

Quino permanece callado, pero el semblante es de auténtico mármol.

—Tengo dos juegos de llaves, uno en mi poder, y el otro se supone que lo custodia este hombre, Joaquín Sarmiento, uno de mis guías turísticos.

A la vista de las declaraciones de Ignacio, ambos detenidos llaman a los abogados que les asistirán en la declaración ante la policía.

—Usted, Joaquín Sarmiento, además estaba en búsqueda por los agentes de grupo especial de investigación de la operación “Guardería”. Queda detenido. Cuando su abogado le asista en la declaración que tiene que hacer aquí y ahora, se le pondrá a disposición judicial.


jueves, 6 de julio de 2023

¿Merece la pena?

 ¿Merece la pena?

La consulta está situada en un barrio del centro. Es una casa antigua. No tiene sala de espera y los pacientes tienen que hacer tiempo y cuando ella baja, a la hora concertada en el zaguán del bloque de cuatro pisos. Puntualmente, ella baja desde el primero, abre el cancelín, se despide de uno y recibe al otro. La consulta es acogedora, con mucha luz. Hay dos sillones tipo balancín, hay estantes con libros y un jarrón con unas matas de algodón. Detrás del paciente un reloj digital donde ella controla el tiempo. El reloj marca las diecinueve horas y tres minutos del lunes trece de marzo. Huele a incienso. La alfombra es agradable. Siempre en la consulta hay que ir descalzo. El paciente lleva meses de terapia.

—Buenas, ¿qué tal te encuentras? —pregunta Lourdes.

—Bueno, ahí voy. Renqueante, sin dormir mucho y comiendo poco. Me levanto cansado y con un pellizco en el estómago que no me deja ni probar bocado hasta que la medicación me hace efecto.

—La semana pasada fuiste a psiquiatría. ¿Tu psiquiatra te ha cambiado el tratamiento? —Dice ella con sequedad.

—Sí. Me ha aumentado la dosis de Paroxetina y de Orfidal. Aun así, sigo teniendo insomnio y mucha tristeza. No puedo quitármela de la cabeza. No lo puedo evitar.

—Todos los tratamientos necesitan un tiempo. El efecto no es inmediato. Es un proceso lento. Debemos ir paso a paso afianzando los avances. La realidad de la que partimos es que ella ya no está. Hemos de entender que forma parte del proceso de la vida, es un hecho natural y tenemos que aprender a tolerarlo. 

Entre los sillones hay una pequeña mesa con una caja llena de Playmobil. Ella coloca en una improvisada escena —encima de una pequeña mesa— tres figuras, tres adultos; una mujer y un hombre, cara a cara y el tercero de espalda al resto. Apartado de ellos coloca a un Playmobil niño. Adán no quita la mirada. 

—¿Identificas a los personajes? —pregunta.

—Sí claro. Un padre, una madre y un niño —dice él llorando.

—Fata alguien —dice la psicoterapeuta.

—No sé. 

—Falta tú “yo” adulto.

Coge un pañuelo de papel, se lo da a Adán y de un golpe quita el niño del los brazos de la figura femenina y la retira a ella —la vuelve a colocar en la caja.

—¿Y ahora qué es lo que ves?

Y llorando dice:

— Que el niño se ha quedado solo.

—No, no está solo. Piénsalo… Se ha quedado sin madre. Un hecho natural. Te tiene a ti. ¿Quién va a cuidar de este niño?. El que está de espaldas es tu padre, y este no va a cuidar de ti, ni de hecho puede.

Coloca el Playmobil niño en los brazos del “yo” adulto.  

—Dime, ¿qué ves?. —Él no contesta, permanece con la mirada fija en la escena—. Adán, ese niño que llevas dentro está llorando desde hace mucho, y lo tienes que cuidar tú. El adulto que eres ahora, es el que tiene que quererlo, darle cariño y comprensión. Ese niño se encuentra solo y sufre la falta de reconocimiento. Esto tiene mucha relación con tu inseguridad, tu inquietud obsesiva por aprender, estudiar, saber más que nadie. Ese es tu refugio, pero te olvidas que tienes que pararte y reflexionar cómo cuidarte, tienes que ser compasivo y amable contigo. Tú eres quien tiene que hacerlo. Nadie pude ayudar a ese niño mas que tú. Yo te acompaño.


Ella se mantiene en silencio y lo mira sin parpadear, se acerca y le coge una mano. Él llora con más intensidad. Tiene entre sus manos al Playmobil niño.


—Ya, ya —dice entre sollozos con el puño derecho apretado el Playmobil, mientras que con la mano izquierda, donde tiene el pañuelo, apoya la cabeza—. ¿Sabes?, nunca me dio un beso, un abrazo y gesto de cariño —dice con la mirada fija en el algodón—. Él siempre trabajó fuera, pero cuando venía, recuerdo que nunca me decía nada. Tengo clavado el recuerdo; yo me quedaba quieto mirando como trataba a mis hermanos. Me duele —ya llora menos y ha recuperado la compostura.

—Bueno, estamos focalizando la terapia en tu infancia.  Ahora dime cuál es tu relación con tu esposa. Me comentabas que es conflictiva. 

—Con ella la cosa es complicada —dijo cambiando el tono de voz—. Me sucede algo parecido. No he percibido que me acompañara en mi soledad y en mí caminar. No se lo echo en cara, pero yo me siento sin nadie a mi lado. Su preocupación es el trabajo y su familia. A mí me dice que lo que tengo es cuento y que es normal que los mayores se mueran. 

—¿Hablas con ella de esto que me estás diciendo? —pregunta Lourdes.

—No. Siempre está ocupada con sus trabajo y hablando por teléfono con todos. Para mí no tiene ni un minuto. Llevamos mucho tiempo sin hablar y nuestro matrimonio está roto. De hecho, no me he ido por los niños. Ellos sí han estado en mi duelo. El pequeño, un día, me pilló llorando en el baño y se abrazó a mí diciéndome que: “ella, dónde se encuentre, estará orgullosa de ti, papá. Tú eres el mejor papá del mundo. Te quiero mucho”.

De nuevo a romper a llorar desconsolado. Ella permanece callada.

—Tiene mucha empatía y conexión contigo. Debes mostrarte fuerte, no puedes trasladar la responsabilidad a los niños. Ellos tienen una percepción distinta de lo que es la muerte y lo ven con más naturalidad. Hay que aprender a vivir con su ausencia. La muerte forma parte de la vida y tenemos que aceptarla. Estás en la etapa de aceptación y del aprendizaje.

La psicoterapeuta calla y espera que el cese en el llanto. Pasan unos minutos.

—Volviendo a tu matrimonio. ¿Estás por obligación?. Si no estáis bien y para ti es un suplicio, quizás tengáis que hablar e intentar tratar los motivos por los que no funciona. 

—Sí que sería lo ideal, pero ella no quiere hablar y siempre me culpa de todo a mí. Mira que yo lo intento, sin embargo, siempre se pone a la defensiva y me reprocha que yo solo sé quejarme.

—¿Mantenéis relaciones sexuales? —preguntó Lourdes.

—No, hace meses que no. La mayoría de los días duermo en la habitación de los niños. Me molestan sus ronquidos. Tengo muchos problemas para conciliar el sueño. Prefiero estar en otra cama que me dé más tranquilidad.

—¿Tienes otra relación?

Permaneció en silencio un rato  mirando fijamente los Playmobil que aún permanecían en la mesa en la misma posición.

—Estoy muy solo. Siento un enorme vacío. Mi permanente busca de la felicidad, me hace sentir siempre frustrado e inestable. Mi lucha interna no tiene fin. Nadie va a querer nada con un tipo como yo: tan sensible y conflictivo. La gente sensible, siempre perdemos. El mundo se burla de los sensibles. El matrimonio es un mal invento y en muchas ocasiones, una cárcel. 

Ella mira el reloj digital. Son las veinte horas y siete minutos. 

—Bueno, es tu opinión. 

≫ Por hoy hemos terminado, si te parece, seguimos trabajando estos conflictos la próxima semana. Y recuerda, la solución está en ti, en tu forma de percibir la realidad y en el cómo te afectan. Puedes controlar tus reacciones. 

Ella lo acompaña al zaguán, le abre la cancela y se despiden con una sonrisa. 

Esperando en el coche hay una mujer. Está lejos y se ven las manos sobre el volante. 

—Hola, mi amor. Estás guapísimo. Acabo de llegar en el vuelo de las seis. Pero me ha dado tiempo a reservar para la cena.  ¿Cómo te ha ido?.

—Bien, aprendiendo a gestionar las emociones. Estoy mejor. Intensa sesión, tengo mucho camino por andar. Y a ti, ¿cómo te ha ido el día?.

—Muy bien. Pude resolver los conflictos de los trabajadores.

—Nos vamos a tomar algo, ¿te apetece?.

—Por supuesto, contigo a donde quieras.

—¿Qué vamos a hacer?. —pregunta Adán.

—¿Hacer con qué?

—Pues con nuestra relación, son ya tres años.

—Seguir como estamos, es una maravilla. Cada uno con su vida y de vez en cuando, una de nuestras escapadas —dice Eva

—Yo creo que voy a separarme. Mi matrimonio es una cárcel. No sé a donde voy, pero sé donde no quiero estar.

Se quedan callados un momento. Ambos están con la mirada en otro sitio.

—No voy a dejar a mi marido  —respondió con otro tono de voz—. En mi matrimonio tengo libertad para hacer muchas cosas. No tengo que dar explicaciones a nadie y me va bien. Soy feliz así. 

—Vaya. Yo llevaré mal el alejamiento de los niños. Tendré un convenio regulador que me permitirá verlos cada quince días. Y eso es, casi, casi dejarlo sin padre. No deseo que sufran el desapego que yo experimenté. Eva, ¿qué es para ti la felicidad?. 

—No lo sé, la verdad. Únicamente sé que es algo que siempre va delante de nosotros y que nunca lo alcanzamos —dijo con un hilo de voz.

—Pensé que podría ser parte de lo que se consigue con la infidelidad, pero no. Esa felicidad es efímera. Además, se puede provocar mucho daño a las personas que nos han dado muchas cosas que nos han hecho felices —dijo entre suspiros—. Yo quiero vivir en paz conmigo mismo. Aunque me suponga vivir en la soledad. Llámame si algún día me necesitas para algo…

***



Lucía y Eva se criaron en un barrio obrero del extrarradio de la ciudad. Sus familias son gente humilde. El padre de Lucia siempre trabajó en una fábrica de cervezas y la madre, que aún vive, se dedicó a trabajar en la administración. Eva es adoptada, su familia de adopción se ha dedicado a trabajar en un bar que está en el centro de la ciudad. Su vida está llena de estridencias y de conflictos relacionales.  Lucía es funcionaria, recién divorciada, y Eva, jefa de recursos humanos de la sede en España de una multinacional francesa, está casada.

Lucia recoge a Eva frente a su casa. Son las trece horas y veinte minutos de un viernes veinte de junio . Hace meses que no se ven y este fin de semana, por fin, se van a la playa.  Lucía tiene un apartamento en Conil. Se acaba de separar Nacho,  y se lo ha quedado en propiedad, entre otras muchas cosas. 

—Buenas tardes, joven. ¿Cómo estás?, guapísima —dice con euforia Lucia, al mismo tiempo que le da un abrazo y un beso.

—Bien, a tope, con ganas de vivir y olvidar —dice Eva.

—Me alegro muchísimo. Este fin de semana nos vamos a quitar las penas y a conquistar el mundo. Se acabaron los malos rollos, los maridos idiotas y las estridencias del trabajo —grita Lucía, al tiempo que golpea el volante y agita la cabeza.

—Chica, ¿qué has bebido? —dice Eva sonriendo y poniéndose las manos en la boca. 

» Tengo ganas de comerme al mundo y de desconectar de la mierda de vida que llevo. A ver cuántos madrileños hay en Conil este fin de semana… se van a enterar de lo que somos nosotras: ¡el duo del polígono…! —grita Eva.

—Dios, cuántas ganas tenía de foguearme y vivir un poco en la luz de las playas de Cádiz.

—No nos vemos desde el fin de semana en que conocí a Carlos,  el cantante del  grupo que tocaba en la sala “La rebotica”. Vaya una noche loca. Qué tiempos por dios. Y mi marido sin enterarse de nada… Qué pobres son algunos hombres… Ay, qué lástima —dice Eva con hastío. 

—Bueno, la vida pone a cada uno en su lugar. Mira el mío, ya ha recibido su sentencia por ambicioso, chulo y cabrón. Ya ves como se ha quedado, el pobre desgraciado. Tanto dinero, tanta empresa y lujo, y al final no saben valorar lo que tienen. Yo estoy encantada de mi divorcio. Si antes tenía libertad, ahora soy la “libertad”. Y tú, ¿cuándo te vas a divorciar? —dice Lucía.

—Nunca. A mí no me hace falta. El mío no se entera de nada. Además, tengo un amante muy guapo e intelectual, un abogado de prestigio y con empresa en el sector turístico. Un hombre casado, con hijos, y muy cobarde. Eso es un buen amante, y lo demás son tonterías. No da ruido. Y cuando me canse de él…aire fresco.

—Uy, uy. Veo que tienes muchas cosas que contarme —dice Lucía. 

—Sí. Los hombres…, hay que ver como son. Solo valen para un ratito y el resto de la vida se arrastran como gusanos por un maldito polvo. Por eso, por eso, tía, son capaces de vender su alma al diablo. Lo sabré yo —dice Eva haciendo un chasquido con los dedos…

En el camino, una vez que han pasado la ciudad de Jerez, en dirección a Chiclana, un atasco en la entrada a la autovía A4 en dirección a Cádiz, llevan tanto tiempo en él, como en el resto del trayecto. Es tiempo de comer. Se salen en el desvío para Chiclana. Paran en el primer bar de carretera que ven. La comida tarda, el bar está repleto, y retoman la conversación que traían en el camino.

—Realmente, la vida, en general, y las relaciones, en particular, son una constante lucha de poder y de gestión de las emociones. Todo es muy complejo —dice Lucía.

—Sí. Pero hay que ser prácticos y egoístas. Nadie regala nada. Todo es un pacto de intercambios de cosas y necesidades. Doy para que me des y das para que te den —dice con una media sonrisa y haciendo un gesto con la mirada al techo—. Siempre subyace un interés. No hay más. Es sencillo, aunque a veces no nos damos cuenta —comenta Eva con una voz más tranquila y pausada. 

Le sirven la comida, pagan y se dirigen al coche. Hace bastante calor y el levante empieza a soplar. Lucía arranca el coche y cuando se disponen a salir del aparcamiento, se para de forma repentina y salta una luz de avería: “temperatura excesiva” y se detiene el motor.

—Joder, me extrañaba a mí que no me jodieran el fin de semana. A ver dónde están los papeles del seguro —grita Lucía. 

—Tranquila. Estarán en la guantera —susurra Eva.

—No, no están. Ayer limpiaron el coche, seguro que no lo han vuelto a poner —eso en el mejor de los casos. No me fío del cabrón de mi ex. Es capaz de no haber renovado el seguro. Este coche siempre lo uso yo.

—¿En serio, sería capaz de hacer eso?.

—Ni lo dudes. 

Mientras esperan la grúa para que lleve el coche a un taller,  continuaron con la charla. Están sentadas en la terraza del bar. El calor era casi insoportable.

—Qué mala suerte, con el coche —susurra Eva.

—Bueno, no tenemos prisas. Menos mal que tenía los datos del seguro en mi correo. La grúa no debe tardar, me han dicho que unos treinta minutos. Espero que el coche lo puedan arreglar en el fin de semana. Y si no, a ver cómo nos volvemos.

—No hay que preocuparse en exceso. Lo importante es conseguir disfrutar de nuestro fin de semana y que nos olvidemos de nuestra permanente lucha por la felicidad. Y a mí, de terapia para olvidar mi fracasado matrimonio. 

Ha pasado más de una hora y la grúa no llega. Vuelven a llamar y le indican que ha tenido un pequeño accidente y le enviaran otra lo antes posible. Son las siete de la tarde y no llega. Lucia  vuelve a llamar sin resultado. El tráfico de coches y gente buscando la costa, no cesa. Vuelven a hablar con el dueño del bar y le piden que, por favor, las lleven a Conil. Volvió a regarse. 

—Señora, tengo el bar repleto. Es imposible.

Se vuelven a sentar en la terraza.

—Volviendo a la conversación —dice Eva—, qué complicada es la convivencia y más dentro del matrimonio.

—Sí, creo que las relaciones son un pacto que tiene difícil solución. Yo, por eso, por evitar complicaciones, he disuelto mi matrimonio. Ahora tengo la libertad de un pájaro —dice Lucía. Prefiero no fingir. Si hay que disolver el matrimonio se disuelve. No soy capaz de hacer lo que tú haces y que conste, te respeto. Sería incapaz de tener marido y amante. ¿Tú no piensas que ellos agradecerían saber tus planes?.

—Sí, tal vez, pero me da igual. Yo soy lo relevante para mí —dice Eva con un gesto de seriedad.

Por fin aparece la grúa. Ambas amigas se suben a la cabina y emprenden la marcha hacía Conil. En el trayecto siguen hablando del mismo asunto, Lucía dice:

—Pero, si estás enamorada de tu amante, ¿no te gustaría convivir con él y disfrutar de todo su ser?.

—No. Es una persona sensible, detallista y muy atento. Él es fenomenal, inteligente, pero eso puede convertirse en una enorme carga que no estoy dispuesta a soportar. Prefiero quedar con él para follar y hasta luego. Supongo que él también está interesado en lo mismo.

—¿Se lo has preguntado?. Por cierto, si puedes decirme, ¿lo conozco?.

—No le he preguntado, ni lo haré. No voy a cambiar mis planes. Es lo que hay —dice Eva sin gesticular. Supongo que si lo conoces. Es uno de los socios de Nacho en la empresa de turismo, el que es abogado. 

—¿En serio?, ¿socio de mi exmarido? Dios.


Finalmente, llegan al apartamento pasadas las ocho y media de la tarde. Ambas llevan maletas de mano y están ansiosas por entrar. Eva, con movimientos rápidos y desesperados, busca las llaves en su bolso.

—Las llaves… por Dios, no me lo puedo creer. Las llaves están en el coche… maldición. ¿Qué vamos a hacer? —exclama Lucía.

—Tranquila. Vamos a pensar con calma. Podemos llamar al servicio de grúa y verificar si el conductor es del pueblo, o podemos contactar al taller. Si no hay forma de recuperar las llaves, llamaremos a un cerrajero —responde Eva con calma.

Las dos amigas pasan más de dos horas esperando hasta que finalmente llega un joven en motocicleta en representación del taller que le trae las llaves. Una vez listas para salir, bromean con lo sucedido. Bajan al centro y cenan en el restaurante La Fontanilla. Todo funciona y ya han olvidado lo sucedido en la tarde.

—Eva, ¿qué es para ti la felicidad?.

—Pues es complicado. Mi felicidad no depende siempre de tener lo que en cada momento quiero. A veces, soy feliz sin tener lo que quiero. Y a veces, infeliz a pesar de tenerlo todo. “Si no hay café, tampoco quiero chocolate”, decía mi abuela para definir los momento de amargura sin remedio. 

—Entiendo. A veces, buscamos la felicidad en lugares equivocados, pensando que está en manos de otras personas o en circunstancias externas. Pero la verdadera felicidad no depende de los demás, sino de nosotros mismos. Está en encontrar la paz interior, la aceptación de quienes somos y la capacidad de disfrutar de los pequeños momentos de la vida —dice Lucía. 

—Es cierto, Lucía, que muchas veces caemos en la trampa de considerar que la felicidad se encuentra en la conquista de deseos materiales, en las emociones efímeras o en relaciones fugaces. Pero, al final, nos damos cuenta de que esa búsqueda nos deja vacíos e insatisfechos.

—¿Y la infidelidad?

Eva suspira y responde:

—La infidelidad puede ser un intento desesperado, de llenar un vacío emocional, de buscar emociones intensas y sentirnos deseados. Pero en última instancia, es una ilusión temporal. La verdadera felicidad no se encuentra en engañar a los demás ni en vivir una doble vida, lo sé. Es cierto que está en la honestidad con nosotros mismos, solo en nosotros mismos, y con los demás. Pienso que también puede ser un intento desesperado de buscar la felicidad.

—Cada persona busca su propia definición de felicidad.

—Exacto. Para unas, como yo, es tener libertad y disfrutar del momento sin ataduras sentimentales. Para otros, puede ser tener una relación estable y profunda con alguien que los complemente —dice Eva.

—El límite, creo, está en el mucho dolor y daño que se puede causar. A mí no me gustaría recibir esos golpes. Supongo que es importante ser consciente de las consecuencias de nuestras acciones —opina Lucía.


El resto del fin de semana transcurre con total tranquilidad, sin ningún contratiempo, sin ninguna conquista amorosa, con mucha luz y mucha conversación. Con eternas confidencias. El coche no estuvo arreglado hasta el lunes.