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Bienvenidos al apartamento Bécquer

 Bienvenidos al apartamento Bécquer  en “El Plantinar”, Sevilla Hola, soy Juan, y seré tu anfitrión durante tu estancia en este acogedor apartamento situado en El Plantinar, uno de los barrios más tranquilos de Sevilla —hasta que llegó el Marismeño—.  Estoy encantado de recibirte y de ofrecerte una buena TORTILLA DE PAPAS. Siéntete cómoda en mi casa, tu casa y la casa de todas las personas bonitas de mi vida. Entre ellas, tienes un lugar privilegiado en mi corazón. Pero vamos a dejarnos de juanoladas y vamos al lío. Al lío con la tortilla —mal pensada—.  Ponte cómoda y di en voz alta: — ALEXAAA, pon Maroon 5 —sin premio—...guuuuauuuuu. —Oye, estoy flipando, Juanolo, lo tienes todo domotizado... —que envidia cochina tengo.  El apartamento es un lugar cómodo y relajado desde el que se puede explorar tortillas de todo tipo.  —A mí me encantan las que llevan cebolla… —dijo la mujer de hojalata, la brillante mujer de hojalata—. Esta tortilla está maravillosa. El...

Ghost, mi viejo amigo

  Ghost, mi viejo amigo El finde pasado quedé con mis colegas porque, sinceramente, ya era hora de soltar la lengua. Ya sabes, con cerveza y chismorreos, de esos que pones a parir a todo dios sin remordimientos.   Los cotilleos y las rubias (cervezas), dicen que los carga el diablo, pero más aún, si es el primer viernes después de las vacaciones. No te imaginas cómo hervían los “filetes” de mis colegas. Yo me quedé para soplar el último . Iba a estallar, pero controlé el fórmula uno de mi vehemencia. Un milagro, te lo juro.   Resulta que Martina, la reina del ligoteo, probó una de esas apps de citas, como las que tú usas (no disimules). Pues parece ser que entre match y match hubo propuestas de café y de gin tonic. Por lo visto tenían mucho que contarse…   Al parecer el tío, un tal Pablo Martos, y Martina tenían mogollón de cosas en común, compartían gustos; lecturas y grupitos de música indie y networking y comidas. La cosa prometía.   Pero lo que no compartier...

Resfriado de junio

  Resfriado en junio Me he resfriado. Sí, sí, ahora en verano. Qué torpe soy. Sé que esto te da igual, pero espera, que te voy a dar un consejo. Ya sé que no eres mucho de consejos, pero hazme el favor por una vez en tu vida y léeme atentamente. Y por dios, no seas indiferente que te voy a contar algo muy serio. Estaba yo anoche, con mocos, en mi cama, agonizando por respirar y pensé: ¿Por qué no disfruto de la vida cuando estoy bien? Y no es que yo sea Jim Carrey o Maxi de “Aquí no hay quien viva”, todo lo contrario, pero… el viernes, me quedé reflexivo, me puse en modo filósofo y solté en el trabajo, la perogrullada de: “mi niño interior está muy contento”. Te quedaste sorprendido. Sí, se te notó muchísimo (“otra vez el tarao este”), pero no pasa nada, a mí también se me notará cuando lo dicen otros, digo yo.  Sucede lo mismo con las indirectas.  La primera: ¡Oye!, que el año pasado, aterricé con la Dulcinea y ploff, clavícula rota y dos costillas y pasé el calvari...

Ya está aqui, ya llegó abril

  Ya está aquí, ya llegó abril. Y también el refranero fácil. Ya llegó el horario de verano y casi la primavera y el calor. Qué alegría, maravilloso, maravilloso, ver algunos cuerpos. Sobre todos los blanquitos de aquellos que no tienen pudor en enseñar sus carnes.  No me gusta el verano, ni su horario, soy animal nocturno, y tanta horas de luz, me aburre.  Aunque tiene su lado positivo; me encanta sentarme en una terracita a tomar unas cañas al mismo tiempo que disfruto de la vista de la gente pasar. Ahí, soy el mejor: cuando soy anónimo entre tanta multitud… Nadie se da cuenta de mi existencia. Soy conformista, está claro, me alegro yo mismo con el hecho de estar solo con mi cruzcampo, mis pensamientos, mi divagar por los espacios imaginarios de un tipo. Soy un tipo fácil, de pueblo y gracioso para los de la capital. Hoy, por fin es viernes, jolín, vaya semanita post Semana Santa —sin pasos. Me adelanto, este fin de semana, voy a volar por la serranía Rondeña con mi bic...

Se me fué la pinza

  SE ME FUE LA PINZA El tendedero está lleno de pinzas que sostienen con firmeza las prendas recién lavadas. Las pinzas parecen estar felices y tranquilas bajo el sol primaveral. Pero no hace mucho, durante el invierno, algunas de ellas estaban quejosas. La pinza roja no dejaba de protestar: “¡Qué frío hace, odio el invierno!, además otra vez me ha tocado esa toalla pesada. Qué mala suerte tengo”. En cambio, las pinzas azules, algunas de ellas desgastadas, se quejaban del tiempo cambiante en primavera; ahora, sol; ahora, llueve; ahora, viento. Prefieren el otoño, es más tranquilo y estable. Ese día, a pesar de lo divertido del balanceo que el viento del este, les dolía la cabeza. “¡Qué cansino es este viento!”.  Pero las pinzas naranjas, siempre sonrientes, estaban contentas con todo lo que sucedía a su alrededor. Agradecen la lluvia y disfrutaban del sol por igual. Si hace viento: nos balanceamos, y hace lluvia; nos refrescamos. Además, ese día, les tocó sujetar la camiseta v...

Sugestionar al conejo

En un rincón el conejo Blanco, mira el reloj. ¡Dios voy a llegar tarde! Sugestiona, sin darse cuenta, su entorno y la belleza de Alicia con todo su ropaje.  —Salir corriendo, no es lo propio, Alicia —dice la Reina Roja—.   —No lo quiero —infirió—.  El sombrerero loco, pensativo, suspira mirando el horizonte creyendo que es cierto y real; ella tiene el doble check azul desactivado. Prefiere su tejemaneje ininteligible y preservar su indiferencia, es como seguir al Benny Bunny. Siete mundos y ninguno es real. Hacer magia y no sacar al conejo, es sugestionar la voluntad de la oruga  Frégoli.

Hoy, es hoy.

  ¿Recuerdas cuando me reincorporé en septiembre que te dije que el verano había volado a pesar de mi caída? Pues, octubre, me sobrevoló sin ser visto. Aunque peor fue noviembre, no solo voló, sino que fue un espejismo, porque yo no lo sentí pasar. Fíjate, ya estamos a uno. Qué locura tía, yo creo que cada mes se me pasa más rápido que el anterior. Mi madre decía “agarra el tiempo y vívelo, que se va volando”. Y oye, si yo tuviera cuerda, los amarraba a mí con un nudo bien apretado. Ahora sí, hay cosas que no se me pasan, por mucho que vuelen. Y las hago mías por mucho que me rechacen. Hay dios, que los buenos momentos se hacen eternos en los corazones limpios y en las mentes alegres. Yo, esos momentos, me los bebo y repito, como las cervezas con mis amigos. Y no contento con eso, yo los siembro para el futuro, aunque este no exista, pero a mí me da luz. Y hoy no estoy, ni voy a estar como cada viernes, aunque suponga que me pierdo un momento de los que tengo amarrado en mi alma. P...

No te quejes, todo puede ser peor

  N o te quejes, todo puede ser peor Desde que nos casamos vivimos en el quinto piso de un edificio viejo. Las tardes de los domingos se habían convertido en una sucesión de momentos bañados por la lentitud. Era el día en que Juan solía visitar a su madre. Lo hacía con más frecuencia que a mí en mi habitación. La soledad, el atardecer, y el ruido parsimonioso de los coches hacían que la ciudad tuviera tonos de color sepia, con mi taza de té verde veía pasar la tarde.  Un domingo, mientras estaba sola, la puerta del buzón rechinó. Normalmente, ni el correo ni los repartidores llegan los domingos. Lo abrí y había una carta sin remitente. Dentro había una hoja de papel amarillenta en la que ponía: “No te quejes, que todo puede ser peor”. Estaba escrita con Time New Roma. Me quedé con la hoja en mis manos. Volví al sofá y seguí visualizando la avenida, los coches y los transeúntes, todos empezaban a desaparecer. El sol comenzaba a esconderse y la ciudad cada vez más callada, las...

SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver

 SI ME NECESITAS, LLÁMAME Por Raymond Carver De su libro de relatos póstumos: Si me necesitas, llámame. Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por nuestro lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, Washington, donde trabajaría todo el verano con idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación...